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lunes, diciembre 11, 2006

El asunto Wittgenstein (y 15- fin de capitulo I)

Las normas de enfrentamiento en operaciones encubiertas prohíben radicalmente el uso de la fuerza excepto en caso de un acto deliberadamente hostil que supone un peligro inminente, cierto y grave para la vida de los miembros del comando o de las personas que tuvieran que proteger. Qué era peligro inminente se dejaba a criterio del jefe del operativo. Al Sargento Mayor Q. Wheeler le bastó ver los ojos de Vasileyev, cuando le enfocó con su visor, para saber que aquel hombre iba armado, que sabía utilizar su arma y que iba hacerlo. Esa intuición adquirida en combate le había salvado la vida en muchas ocasiones y esta vez no iba ser menos. Antes de poder ver el movimiento del arma de Vasiliyev, Wheeler disparó su AR15 contra él.

“La batalla del cerro”, como le llamó la prensa local, duró exactamente 7 minutos y 26 segundos, como después mostraron las imágenes del satélite. Pero para los vecinos fue una eternidad. El resplandor de las explosiones de las granadas y las llamaradas de las armas automáticas encendieron la noche. La cima de la colina se iluminaba intermitentemente como si en ella se estuviera desatando una gran tormenta y todo el pequeño pueblo pesquero se temblaba con el fulgor de las detonaciones. El ruido fue infernal y algunos de los vecinos cuentan cómo tan siquiera fueron incapaces de buscar resguardo al silbar las balas por encima de sus cabezas: quedaron paralizados por el incesante estruendo. Al día siguiente la policía reunió cinco cadáveres y los vehículos calcinados, más de mil casquillos de bala y fragmentos de decenas de granadas. Pese a recibir el impacto de tres disparos del AR15 de Wheeler, Vasileyev no murió en el acto. El chaleco que llevaba, como todos los miembros de su equipo, le salvó, si bien no impidió que saliera disparado hacia atrás. Todos los miembros de su equipo se dispersaron al tiempo que disparando a ciegas contra el lugar de donde habían surgido los disparos. Los Delta permanecieron inmóviles en su posición de tiro, con la rodilla hincada en tierra y los objetivos enfocados en los visores nocturnos. Cuando los serbios se parapetaron detrás de los vehículos que encontraron, los Delta dejaron caer a un lado sus metralletas y echaron mano de los lanzagranadas. Tras las potentes explosiones, los serbios se alejaron de los vehículos buscando un refugio mejor y disparando sin cesar. Fueron abatidos de disparos dirigidos a la cabeza; los Delta sabían que sus enemigos llevaban chalecos blindados. Tan sólo uno de los Delta abandonó su posición de tiro durante el combate. El cabo segundo López, de 19 años, cayó hacia atrás cuando recibió en la cara el impacto de bala que acabaría con su vida. Cuando cesó el fuego durante unos instantes se hizo un silencio sepulcral. Hasta las alarmas de vehículos callaron un segundo. Cuando reanudaron su estridente ulular se confundieron con los gritos angustiados de los vecinos y las sirenas de la policía que se acercaba. Tenían un hombre menos y pocos segundos para cumplir su misión. El sargento Mayor ordenó a los dos deltas que acudieran al interior de la vivienda. Mientras les cubría se acercó al cadáver más cercano y lo registró apresuradamente. No llevaba cartera ni ningún documento, tuvo que conseguir una identificación. La radio restalló y oyó la voz del sargento Kurtz decir que la vivienda estaba vacía. No había tiempo de más. Recogieron el cuerpo del cabo López, cerraron la puerta de la furgoneta y salieron en dirección contraria a la de las sirenas de la policía.

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