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sábado, mayo 19, 2007

De como Angel David dejó de fumar

Angeldavid, el cronista gráfico de la desmembración de españa, me hace llegar el excelente relato de cómo dejó de fumar. Leamoslo:

Simplemente lo dejé

El 1 de noviembre de 2003 dejé de fumar. ¿Y cuánto hace?, pues 1 año, 8 meses y 17 días, contestaba raudo. Joder aún cuentas los días?. Pues sí, los contaba, y cada día era un triunfo, por eso los contaba. Pero fue a los cinco, seis, siete u ocho meses cuando ya no tenía mono y a partir de los dos, tres o cuatro cuando no fumar no me suponía excesivo esfuerzo. Empecé a fumar a los catorce y lo dejé a los 34, tengo 38. Quizás ya germinó la semillita del cáncer pero nunca eso me preocupó.

En algún momento del dia de cada dia de mi vida quería dejar de fumar. Recuerdo, a menudo lo recordaba, una vez un compañero de trabajo en Valencia, en la Feria, cenando le dije que iba a dejar de fumar. Él nunca había fumado. Yo le apreciaba. Tú nunca dejarás de fumar, no tienes suficiente fuerza de voluntad para lograrlo. Me quedé como si nada. Por dentro ardía, de dónde salía esa confianza, no éramos tan amigos, de hecho sólo compañeros de trabajo, su jefe era mi padre. En silencio juré que esas palabras se las restregaría por la cara muy pronto. Seguí fumando unos trece años más. Cada día quería dejar de fumar.

El 1 de Noviembre de 2003 me levanté con resaca, con una fuerte resaca y pronuncié las palabras: hoy he dejado de fumar. El mismo ritual que en todas las odiosas mañanas de resaca durante 19 años. A las dos horas pensé que realmente era el peor momento para dejarlo, pues a tan solo dos meses vista era Noche Vieja, llevaría 2 meses sin fumar, a punto de conseguirlo y se me presenta tamaña incitación. No me lo podía creer, había estado a punto de elegir el peor momento del año para dejarlo. Este terrible fracaso me hubiera minado la moral de por vida, no volvería a intentarlo en años.

Sabía que hasta que encendiera el primer cigarrillo del dia mi cabeza iría fabricando ocurrentes teorías para encender el cigarrillo, que no me lo impedía otra cosa que el dolor de cabeza, la tos crónica, mis pulmones afligidos, el ardor de estómago y unos bronquios destrozados.

Calculé que mi cuerpo aguantaría mal hasta después de la siesta. Disponía de unas seis horas para encontrar la respuesta, para hallar la solución.

Y ocurrió. Como el que descubre a Dios. Era tan sencillo, como fui tan ciego. Simplemente había que dejarlo. Eliminar barreras.

Ahora ya era un ex fumador. Sólo llevaba unas horas sin fumar pero era tan ex fumador como el que llevaba 20 años sin fumar. Lo sabía, lo sentía.

Mimé mi bronquitis, le hablé, la abracé. Pronto desaparecería para siempre.

Era feliz. Había dejado de fumar y mi vida seguiría igual. Bebería cerveza y quedaría en los bares con los amigos. No comenzaría a realizar ningún deporte. No me daría una ducha fría cada vez que deseara fumar. No subiría las escaleras más rápido. No pediría a nadie que no fumase en mi presencia. Me tomaría los cafés que me diera la gana. No notaría más gusto en los alimentos a los siete días ni los pulmones más limpios a los 30. Pensaba disfrutar del mono, estudiarlo, vivirlo, cualquier día desaparecería para siempre.

Decidí contárselo a todo el mundo. Una de las reglas de oro para dejar de fumar es: no cuentes a nadie tu decisión hasta pasados tres meses de éxito. Es un consejo-trampa, otra barrera. Por que vas y lo cuentas a los dos meses y al día siguiente te das cuenta que has infringido una regla y te enciendes un cigarrillo. Mis suegros me miraron como te miraría un suegro que recibe esta misma noticia por cuarta vez. En privado mi mujer me advirtió que en casa de sus padres no dijera eso que luego hacía el ridículo. Esta vez no me molestó el comentario. Ni se lo reprocharía meses más tarde al demostrarle que era cierto.

Otra regla de oro es fijarse una fecha, concienciarse y cumplir. El 1 de enero es buena fecha, imagino que si fallas puedes fumar otro año más.

Una semana después seguía tan seguro de mí como el primer dia. Deseaba fumar, lo anhelaba y me regocijaba en el sufrimiento. Podría fumar un cigarrillo. Uno sólo. Me sentía con fuerza para fumar uno sólo y no volverlo a hacer. A los 20 minutos de fumármelo querría otro. Pasaría a ser un ex fumador desde hace 20 minutos, por tanto me enciendo otro, total por 20 minutos. Yo ya no sucumbía al engaño. Iba bastante sobrado.

Como decía llevaba una semana sin fumar. A mi mujer la tenía frita. Si tanto lo dices acabarás fumando. Otro consejo-trampa. Joder es verdad, no pienso en otra cosa, habrá que pensar algo más en la vida que no sea el dejar de fumar. Fumo y me concentro. No le alerté que ciertos consejos eran contraproducentes para un ex fumador. Obviamente todas las sugerencias eran bien intencionadas, era mi mente de fumador quién las tergiversaba.

He ahí la luz. No más reglas, no más prohibiciones, no más restricciones, no más cambios de hábitos, no más mandamientos. Sólo pienso dejar de fumar.

Mi cerebro se inventaba mil y una. Yo reía. Nunca pensé que pudiera ser tan ingenioso. Pero yo ya no sucumbía al engaño.

Me sorprendí fumando, ya había pegado varias caladas, había sido un acto reflejo, ¿de quién era el tabaco?, ¿de quién el encendedor?, oh! dios! estaba soñando.

Llevaba una semana sin fumar y le pedí a mi padre me dejara el libro "dejar de fumar es fácil si sabes como". Mi padre había dejado de fumar hacía casi un año. Mi hermana Beatriz llevaba entonces ya dos años y mi hermano mayor lleva ahora casi año y medio. Mi hermana lo hizo por su novio, la fuerza del cariño. Mi padre no sé porqué y mi hermano hizo valer la coyuntura de una larga y obligada hospitalización por rotura de dos vértebras. Tres exitosos casos, pero a mí nunca me sirvió buscar un motivo o aprovechar una circunstancia. Tarde o temprano ese argumento se diluía.

Leí el libro. Debiera titularse "ganar dinero es fácil yo sé como". El libro también está cargado de consejos trampa. El propio libro físicamente es una barrera que uno se pone. Dudo que nadie dejara de fumar gracias al libro. Pero a mi juicio acertaba en un punto: no se consigue con fuerza de voluntad o no es la manera natural.

Hoy me miro, no soy más feliz por no fumar. No se han resuelto todos mis problemas. No aprovecho más ni mejor el tiempo. No disfruto más la comida. No practico más sexo.

Sólo dejo de ser un esclavo del tabaco. Tan sólo respiro mejor. Y me encuentro bien.

Simplemente dejé de fumar.

Hoy le pregunto a mi padre cómo hizo para dejar de fumar. A la semana de no fumar pensó: si ahora me fumo un cigarrillo, ¿quién me devuelve a mí esta semana de tortura y padecimiento?

1 comentario:

Peter von Weiss dijo...

Gracias, Paltrow, por univesalizar el efecto angel-david. Se le olvidaba el no-sé-dónde. Ahora no tenemos excusa.