
El coronel Lucca excluye de las operaciones al mariscal Lo Bianco y al teniente coronel Paolantonio y confía, exclusivamente, en el capitán Perenze. Pisciotta conduce al capitán y a algunos carabinieri a Castelvetrano, donde está escondido Giuliano. Les hace esperar a la entrada del pueblo advirtiéndoles de que son dos los posibles refugios de Giuliano y que, por tanto, si se equivocan, Giuliano huirá. El capitán Perenze le deja ir. Al cabo de varias horas, los carabinieri continúan esperando y empiezan a preocuparse seriamente. Son las cuatro de la mañana y todavía no tienen ninguna noticia de Pisciotta. Pocos momentos después lo ven aparecer descalzo y con una pistola en la mano: “He tenido que dispararle” son sus únicas palabras; después escapa.
La versión oficial es diferente y, como vimos, falsa (según los mismos testimonios de los carabinieri). Entonces, ¿qué sucedió realmente durante aquellas horas? ¿Cómo murió el bandido Giuliano? ¿Quién lo mató? Pues bien, queridos amigos, hay dieciséis versiones diferentes de lo acaecido, algunas de ellas contradictorias aunque oficializadas por actos judiciales. Pero hay una versión más probable que las otras.
La noche del cuatro de julio de 1950, Giuliano cena en casa del abogado De Maria en Castelvetrano, donde se refugia de las continuas batidas que intentan localizarle. Come pan, queso y aceitunas y bebe un vaso de vino en compañía del mafioso Giuseppe Marotta. Hacia las once de la noche llega Pisciotta y habla con Giuliano el cual le dice que lo sabe todo acerca de su colaboración con los carabinieri y que lo sabe porque ha sido el mismísimo inspector Verdiani (el Inspector General de Seguridad Pública) quien se lo ha revelado a través de una carta. Pisciotta lo niega todo. En ese momento Giuliano se siente mal e intenta alcanzar la cama de su habitación ayudado por Pisciotta. Una vez acostado, el bandido cae en un profundo sueño inducido por la droga que ha bebido mezclada con el vino. Pisciotta hace entrar a otro mafioso, Nunzio Badalamenti, y, juntos, registran la ropa de Giuliano con la esperanza de encontrar las numerosas cartas que durante aquellos últimos días el bandido había escrito. Instantes después, un disparo rompe el silencio de la noche. Pisciotta, de vuelta al lugar donde le esperan los carabinieri, confiesa que ha sido él quien ha disparado y escapa (y con él las famosas cartas de Giuliano). El capitán Perenze corre a casa del abogado y encuentra a Giuliano muerto sobre la cama. Ordena que lo vistan y que lo depositen en el patio de casa. Luego descarga una ráfaga de ametralladora sobre el cadáver. Lo que viene después, la versión oficial, ya la conocemos.
El mariscal Lo Bianco declarará que a Salvatore Giuliano lo podían haber capturado vivo pero que había sido mejor que hubiese muerto (sobre todo para quienes lo entregaron a los carabinieri). En efecto, Giuliano no es el único testigo de las circunstancias que llevaron a su muerte, hay otros. Pero por hoy ya hemos tenido suficiente queridísimos y apenadísimos amigos. Mañana será otro día.
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