1994. En aquel tiempo éramos jóvenes e insensatos. No había móviles ni Internet. Teníamos 25 años. Yo me fui a Oxford con 500.000 pesetas en el bolsillo trasero. Tenía una dudosa carta de presentación que me permitía estudiar en la biblioteca y acceder a las instalaciones de la Universidad. Oxford es el lugar donde van a estudiar los pijos del mundo mundial, o sea que yo era un paria, un moro, un pringao. Yo cargaba con mi portátil de dos kilos y cogía el autobús, antes de pasar por un pakis para comprar mi ración de diez cigarrillos marlboro que sabían como los de Andorra: dos libras y media. Pronto tomé la decisión de dejarlo y me fue bien, hasta que Paltrow me envió una carta con un lucky y una cerilla: me supo a gloria. Los viernes, los niños bien cogían sus descapotables y se iban a Londres: rubias satinadas y bellas como el champán. Yo me compré un cuaderno azul que me acabo de encontrar y que empieza así:
3-oct-1994: La idea de la extrema delicadeza y sensibilidad implica necesariamente en el carácter de una mujer la capacidad de sufrir y el descontento ante lo que hay. La queja en este caso es excesivamente vulgar.
7-oct-1994: Cuando vemos una obra de teatro, contemplamos con gusto un espectáculo que protagonizamos en la vida diaria. Sin embargo, cuando sospechamos que hay un guionista detrás y que organizó y dispuso la acción tramada con alguna finalidad, el argumento deja de tener atractivo. No estamos dispuesto a llegar a una conclusión prevista por el autor: lo único que queremos es ver, y ello trae consigo un gozo o un entusiasmo que sólo logran los buenos creadores de guiones: aquellos que han sido primero espectadores primeros y primero que creadores de su historia.
8-oct-1994: Si alguien me dijera: hay un propósito final en tu vida, le respondería: si me lo dijeras sabría que es falso. Aristóteles dice que necesitamos toda la vida para ser felices, y eso no parece muy alentador. Aunque podría mirarse de otra manera: no como si al final se cerrara el círculo, sino de que todo adquiere un tono diferente (la mano incognoscible que estaba presente pero que no veíamos). Es lo mismo que decir que la felicidad no está en nuestra mano, o que no se trata de algo que pueda poseerse a tu capricho, como algo ansiado que puede aliviar tu desdicha. Gracián dijo que la paz es lo que todos anhelan y el mayor de los bienes. La paz no es sino la consecuencia de la creencia en esa mano invisible. Pero hay muchos tipos de descargar esa confianza ciega. Hay actos de fe viciados no porque sean productos del miedo -el miedo puede producir actos valientes- sino porque son la expresión encubierta del miedo.
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