
Este fin de semana llegué hasta temblar al reconocer la versión del Oratorio que había escuchado desde hacía 18 años en un soporte magnetofónico pensando que era la mejor del mundo tal como conté hace unos días: se trata de la magistral batuta de Nikolaus Harnoncourt dirigiendo la Wiener Sängerknaben y el Chorus Viennensis, la grabación corrió a cargo de Teldec en 1972. El hecho es que llevaba un tiempo sin escucharla porque ya no me quedan aparatos de esos y al tostar el cd me incorporé en el asiento para revivir lo que iba a ser un aguacero de emociones empaquetadas durante años. Pero lo que me vino a la mente fue la segunda consideración intempestiva de Nietzsche: el peligro de desmomificar la historia. Sólo comenzar me pareció que las trompetas desafinaban y que el solista tardaba en comenzar; las arias eran espectacularmente lentas y generaban vacíos insoportables; los tambores iban a su bola y cuando el coro se tenía que solapar con una voz vibrante se le oía cansino en la lejanía como si la cosa no fuera con él. Ni siquiera ha habido un algo de entrañable al escucharlo. Es mala, de las peores, aunque Richter está todavía más abajo. Para enmendarlo he encontrado una versión que no tiene nada que envidiar a la de Gardiner y que sobrepasa con mucho a Jacobs: se trata de Ton Koopman dirigiendo a la Amsterdam Baroque Orchestra & Choir, la graba Erato en 1996. Es vibrante y rítmica, alegre, aunque sólo la he escuchado una vez. La vamos a dejar por ahora empatada con la de Gardiner.
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