El tiempo en que tenías palabras
Y te arrimabas a las nubes
Sin bajarte de las cimas
Y dormías con los árboles
imitando
Estirar sus pulmones
Hacia el cielo.
Entonces, lo más tenaz,
Era el ver pasar, cogiendo el ritmo,
Cierta locura inexperta
Y la embriagadora sonrisa.
Ahora miro al suelo
Sin estar del todo cansado,
Y no poseo voz, ni un vuelo azul
Entre las sombras.
Los trozos de un fantasma.
El frío que produce la moralidad.
Prometerle a alguien que compartirás tu vida con ella, y no ya perder esa ilusión, que en pocos años esa persona te proporcione amargura y repugnancia.
La luna está inclinada de medio lado, huele a tierra húmeda, a romero y a tomillo, un vapor invisible habita los pulmones. Oigo respirar a los árboles. Es de noche y ya no hay soledad. Todo son espíritus que tiemblan en espera. A los hombres se nos es dado ahora el desnudarnos.
Matar es una forma
De nuestro duelo vagabundo.
[RILKE, SONETOS A ORFEO II, XI]
Al que encontraron muerto
Preparando una clase
Sobre Ovidio,
Con una poema
Escrito al margen
Sobre un ángel y un árbol
Cuyo final
Se desdibuja
Con la sangre
Que sale
De su boca.
La causa de la alegría es cierta ignorancia docta y cierta gestión del olvido. La ligera pendiente en que dejas a la gravedad hacer su trabajo.
En una ocasión me encontré a un filósofo que tendría unos años más que yo cuya carrera se limitaba al estudio minucioso de la crítica del juicio. Y es verdad que no tenía mucha más formación, sin embargo podía hablar de las cuestiones temáticas –sobre mi tesis- por ejemplo son un rigor extraordinario que en absoluto era kantiano. Ese es el tipo de formación que yo no recibí y que me hubiera gustado tener.
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