51. Lo que comprendo mejor que un teorema es aquella soledad de Edimburgo. Tan larga como un año, como un día. Ya sé que no es lo mismo.
52. La confusión es un buen comienzo. Los que pasan por encima de ella con los ojos tapados nunca aprenderán a volar, nunca tendrán una certeza vital.
53. Ninguna ley rige la completud. La costumbre es una zancadilla que se hace a la felicidad.
54.
Todo lo que ha pasado
y lo que he pasado
alguna luz
que antes fue sombra,
brillos antiguos
que se apagaron,
sólo recuerdo
las veces que reprimí
mi voz y mis
piernas.
Lo demás,
aquella danza,
que no puedo repetir a voluntad,
todo aquello,
vino del cielo,
o del infierno,
pero no,
de mi cuenta de gastos.
55. Por delante la posibilidad de una vida burguesa entre edredones coloreados y también la luz blanca cuando anochece. La posibilidad de renunciar a lo más íntimo que tengo: contradecir lo que hay, el descanso en el horizonte que oteo y que siempre está tan lejos. Todos esos ideales conservadores me corrompen y hacen de lo que hago la comedia de un bufón, una imitación mala.
56. La excusa de que otros son muy buenos escritores no sirve. Y, sin embargo, qué fuerza tiene.
57. Hubo una vez un hombre que pensó que sus palabras se colgaban de las cosas, de manera que las hacía más atractivas o repugnantes a su voluntad porque el auditorio que tenía como testigo permanente eran hombres inmortales que aplaudían al escenario o abucheaban dependiendo de sus juicios o condenas. Así que un día decidió él mismo ponerse en el lugar del divino coro. Se sorprendió de no encontrar nadie allí y se disculpó a sí mismo. Al fin y al cabo él era mortal y no podía codearse con el pasado celestial. Pero ocurrió que no encontró nada de lo que él había descrito. Las cosas tenían un brillo propio, una luz que él nunca podría haber creado. Por el escenario alguien se dedicaba a barrer mientras silbaba una melodía pegadiza. Se atrevió a increparle qué estaba haciendo. Alguien -dice- algún guarro que no deja de lanzar papelitos de distintos tamaños. Todos tienen en su centro dibujado un punto.
58. La magia de la narración. Un don reservado a unos pocos. Muchos la han llamado maldición. Pero pocos lo han vinculado al oído, pues también es un don saber escuchar. El que narra está escuchando.
59.
Sentarse olvidando y acogiendo,
acallar los demonios
porque alguien podrá hacerlo desvanecer.
Prometer no serle infiel
a los árboles
ni a tantas hojas,
no contemplar un bien
abstracto sino el azar,
reír a pulmón partido,
permitir que el agua
resbale por el rostro
y empape el pantalón.
La paz de un valle
los cantos libres
recogiéndolo casi todo.
Hacerle frente a lo extraño
sin voluntad de dominio.
Vivir un poco más,
no mañana,
en este instante.
Ser sorprendido,
confiar en las brechas.
Escribir un poema
sin traicionar lo no dicho.
Hoy he llegado hasta aquí.
60. Demasiada inteligencia fingida, poco estómago, poco peso, demasiados libros.
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