"Nada contribuye tampoco indudablemente a nuestra felicidad, compuesta principalmente de tranquilidad de ánimo y contento, el limitar la fuera de este móvil (la opinión de los demás), rebajarlo a un grado que la razón pueda justificar, por ejemplo, el uno y medio y arrancar así de nuestra carne esta espina que la desgarra. No obstante, la cosa es muy difícil; tenemos que habérnosla con una debilidad natural e innata. Etiam sapientibus cupido gloriae novissima exuitur, dice Tácito (la pasión de gloria es lo último de que se despojan los sabios). El único medio de librarnos de esta locura universal sería reconocerla resueltamente como una locura y, a este efecto, darnos cuenta hasta qué punto la mayoría de las opiniones, en el cerebro de los hombres, son las más de las veces falsas, erróneas y absurdas; cómo en general de los demás ejerce poca influencia real en nosotros en la mayoría de los casos y las cosas; cómo en general es mala, de tal manera que no hay nadie que no se pusiese enfermo de cólera si oyese en qué tono se habla y todo lo que se dice de él; cómo, por último, el honor no tiene, propiamente hablando, más que un valor indirecto y no inmediato... Si pudiésemos obtener la curación de esta locura general, ganaríamos infinitamente en tranquilidad de ánimo y en contento, y adquiriríamos, al mismo tiempo, un porte más firme y más seguro, mucho más suelto y más natural. La influencia bienhechora de una vida retirada sobre nuestra tranquilidad de alma y sobre nuestra satisfacción proviene, en gran parte, de que nos sustre a la obligación de vivir constantemente bajo las miradas de los demás y, por consiguiente, nos quita la preocupación incesante de su opinión posible, lo cual tiene por efecto volvernos a nosotros mismos. De esta manera evitaremos, igualmente, muchas desgracias reales, cuya única causa en esta aspiración puramente ideal o, más concretamente dicho, esta deplorable locura; nos quedará también la facultad de prestar más atención a los bienes reales que podremos disfrutar entonces sin distraernos.
Esta locura hace brotar tres vástagos principales: la ambición, la vanidad y el orgullo. Entre estos dos últimos, la diferencia consiste en que el orgullo es ya la convicción firmemente adquirida de nuestra gran valor propio bajo todos los respectos; la vanidad, por el contrario, es el deseo de hacer nacer esta convicción en los demás y, por lo general, con la secreta esperanza de poder más tarde apropiárnosla también. Así, pues, el orgullo es la elevada estima de sí mismo, procedente del interior y, por consiguiente, directa; la vanidad, por el contrario, es la tendencia a adquirirla del exterior y, por tanto, indirectamente. Por eso la vanidad hace hablador y el orgullo taciturno. Pero el vanidoso debiera saber que la elevada opinión de otro, a la cual aspira, se obtiene mucho más pronto y más seguramente guardando un silencio continuo que hablando, cuando habría que decir las cosas mejores del mundo. No es orgulloso quien quiere; a los sumo puede afectarlo quien quiera, pero este último olvidará muy pronto su papel, como todo papel plagiado. Porque lo que hace realmente orgulloso es únicamente lo firme, la íntima, la inquebrantable convicción de méritos superiores y de un valor aislado. Esta convicción puede ser errónea o bien fundarse en méritos exteriores y convencionales; poco importa el orgullo, con tal de que áquella sea real y seria. Así, pues, como el orgullo tiene su raíz en la convicción estaría, como toda noción, fuera de nuestra libertad libre. Su peor enemigo, quiero decir, su mayor obstáculo, es la vanidad, que mendiga la aprobación de otro para fundar después sobre ésta la elevada opinión de sí mismo, mientras que el orgullo supone una opinión ya firmemente establecida.
Aunque el orgullo se execre y se repruebe en general estoy, no obstante, tentado a creer que eso proviene principalmente de los que no tienen nada de lo que puedan enorgullecerse. Vista la impudencia y la estúpida arrogancia de la mayoría de los hombres, todo ser que posee algunos méritos hará muy bien en ostentarlos, a fin de no dejarlos caer en un olvido completo, porque el que benévolamente no trata de prevalerse de ellos y se porta con las personas como si fuese en todo su semejante, no tardará en ser considerado con toda sinceridad como uno de sus iguales. Quisiera recomendar que obrasen así principalmente aquellos cuyos méritos son de orden más elevado, méritos reales y, por consiguiente, puramente personales, supuesto que éstos no pueden, como las condecoraciones o títulos, recordarse a cada instante en la memoria por una impresión de los sentidos: verán muy a menudo realizarse el sus Minervam (célebre apólogo latino en que se alude el ensoberbecimiento de los mezquinos). Un excelente proverbio árabe, dice: Bromea con el esclavo; te presentará la espalda muy pronto. No ha de desdeñarse la máxima de Horacio: Sume superbiam quaesetiam meritis (Ostenta la soberbia permitida por el mérito). La modestia es una virtud inventada principalmente para uso de los pícaros, porque exige que cada cual hable de sí como si fuese uno; esto establece una igualdad de nivel admirable y produce la misma apariencia que si no hubieses, en general, más que pícaros.
Sin embargo, el orgullo en su especie superior es el orgullo nacional. Se revela, en el que está atacado de él, la ausencia de las cualidad individuales de que pueda enorgullecerse, porque sin eso no hubiera recurrido a las que participa con tantos millones de individuos. Todo el que posee méritos personales distinguidos, reconocerá, por el contrario, más claramente los defectos de su propia nación, toda vez qeu siempre la tiene presente a la vista. Pero todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo ndada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación que pertenece por casualidad: en eso se ceba y, en su gratitud, está dispuesto a defender con manos y pie todos los defectos y todas las tonterías propias de esta nación" (Arte del buen vivir, IV).
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