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martes, marzo 31, 2009

El yo dividido (14)

Hace poco vino a verme mi mujer para darme la noticia de que nuestro hijo se casa. Me permitirán asistir a la ceremonia, pero noto en sus ojos el miedo de que estropee la ceremonia. Siempre ha pensado que los episodios en que he visto a mi familia como a extraños pudiera hacer sufrir a nuestro hijo o a su propia cordura. Cualquiera de ustedes se harán cargo que tengo un problema de identidad, una esquizofrenia galopante. He leído tanto sobre la enfermedad de la división del sí mismo que me siento con autoridad para afirmar, muy a pesar de los médicos, que los síntomas no casan del todo. Ninguna personalidad desdoblada trata de trazar puentes y siempre pueden definirse fácilmente por rasgos característicos. Los cambios que yo experimento se parecen más a una percepción del tiempo bajo la que no puedo permanecer parado. Como el viajero que reconociera el punto en que partió antes de que lo hiciera. Eso me obliga a reconocer un paisaje desolado y tratar de reunir algunos puntos que me permitan comenzar el movimiento que ya había ejecutado. Viajar a un mundo en el que todavía no estoy me obliga a mantenerme de una pieza con todas mis fuerzas, pues todo -junto conmigo- se renueva y se deteriora, y el futuro se convierte en el lugar en el que estuve, y el pasado el lugar que ha de venir.

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