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martes, septiembre 01, 2009

El asunto Wittgenstein (III y 8)

Colllingwood cerró con todas sus fuerzas la puerta del taxi después de empujar a su compañero. Antes de dar órdenes al chófer notó enseguida la resistencia de unas botas de cuero negro que le impedían cerrar. Vasileyev sonrió con cinismo: "Esto lo vamos a hacer juntos", dijo con desangelado inglés. De alguna manera los becarios tuvieron que conformarse con el que había sido su confidente y, sin embargo, no les gustó en absoluto que alguien se interpusiera en su búsqueda. Cyril sacó una petaca nacarada y dio un largo sorbo. Poco le importaba haber perdido a su compañero. Pronto se comunicaría con él y además estaba más que acostumbrado a trabajar en solitario. Hasta le hacía cierta gracia compartir el taxi con aquellos pardillos. Sabía que su deber era seguir y proteger a Vanessa V, y que Vlad había dado prioridad uno al hecho de que la trajeran sana y salva. Ahora estaba con dos chupatintanas en un citroen C5 siguiendo a dos manzanas al objetivo. Pronto se dieron cuenta que la pareja se apeaba en la estación de tren. El rubio champagne de Vanessa era como una señal luminosa entre el barrunto de los viajantes. Aminoraron el paso cuando se disponían a consultar la lista de salidas.
Vanessa sabía que le seguían e intentaba acelerar el paso hacia el tren de largo recorrido que habría de llevarles a Viena. Sabía también que sus perseguidores eran los hombres de Vlad y le pesó menos el hecho de haber sido descubierta que la necesidad de decirle a Paltrow que les estaban siguiendo por culpa suya. ¿Por qué no le habían cogido ya cuando tuvieron oportunidad en el restaurante? Por otra parte, Paltrow reflexionaba iracundo sobre el encuentro con su abogado. Su intuición no podía dictarle más que a partir de entonces se andara con precaución. Tal vez, Shephard -nunca dudó de su carácter avaricioso- había leído su blog y ya tenía puesto un precio al manuscrito. Sí; esa era la idea que le había hecho saltar como un canguro sobre sus morros. Para él la importancia de aquel documento no residía ni en su valor monetario ni en lo que pudiera significar para la historia del pensamiento. Se trataba -como había comprendido desde el descubrimiento- de defender el honor de su padre. Cuando se sentaron en las butacas de primera pidió un ordenador a un chaval que jugaba al otro lado del pasillo. Los seguidores del blog exigían noticias sobre la búsqueda del manuscrito. Impertérrito, tecleó: "La búsqueda ha sido cancelada por el momento. Quizás un librero ginebrino pueda darnos una pista más fiable de las que tenemos hasta ahora". El tren susurró en la noche: Bárbara se apoyó en su hombro y se durmió.

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