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viernes, agosto 13, 2010

Portland (Oregón)

Soy agente de seguros desde hace 22 años. Me ascendieron hace menos de seis meses y, la verdad, no me está gustando pasar las ocho horas en la oficina. Cobro más, eso sí. Pero estoy nervioso hasta la hora del almuerzo. Estoy nervioso por salir. Y cuando el tiempo se agota un escalofrío me recorre el cuerpo. Cuando salgo a las seis tengo que pasear al rededor de una hora para volver a casa con un poco de calma. Hasta cuando llueve añoro los años que me pasé pateando esta ciudad en busca de clientes. Se lo he comentado a mi mujer pero ella nunca renunciará a mi nueva posición social, al coche de la siguiente categoría, a los nuevos amigos a los que han hecho socios como a mí de la aseguradora. Quiero volver a las calles. Quiero volver a tomar la sopa de tomate con pimienta que sirven en la 44, esquina con Amsterdam. Quiero volver a la realidad. No me gusta el abecedario desordenado que tramito todos los días en la oficina. Yo era un buen vendedor. ¿Tal vez por eso me ascendieron? No acabo de entenderlo. Al principio no colocaba ni la cota mínima para cobrar comisiones. Pero fue poco tiempo. Con dos años te das cuenta: vendes cuando no tratas de vender. Todo el mundo huele el miedo. Y se aferra a la confianza. Eso es lo que hay que transmitir. Empiezas a vender cuando ya no tratas hacerlo por todos los medios. El alma se relaja y en pocos minutos se crea un círculo mágico, una complicidad. Te da igual si vas a tener éxito o no. Que nadie intente hacer esto intencionalmente o con un propósito extrínseco. Conectar con alguien de manera que él mismo se sorprende de una faceta que no conocía de sí mismo. Es una sensación deliciosa. En los diez años ni siquiera comentaba a qué me dedicaba. Era el cliente el que quería saberlo. Era él el que firmaba con una sonrisa de satisfacción. Desconozco el motivo por el que a muchos les viene bien pasear en plena naturaleza o, por lo menos, ver documentales de Historia, de viajes o de especies marinas. Pero creo que tiene que ver algo con eso. Primero eres espectador de la persona. No dejas de admirarte da igual lo convencional que sea. Después de das cuenta que puedes entrar en escena pero de una manera mágica. No tratando de dejar tu firma, sino como el río que se desliza entre las piedras. Pueden pasar una hora o dos, sentados en un bar, o en un autobús, en la calle o en el estadio. Tu cartera se va ampliando hasta que te nombran ayudantes. Los clientes se quejan. Pero dejan de hacerlo cuando has entrenado a tus pasantes. No voy a quedarme en esta oficina mucho más tiempo. Las estadísticas me parecen aborrecibles. En las reuniones no puede conseguir conectar con mis compañeros y socios. Las anécdotas que tiene la gente en la cabeza vale mucho más que este sueldo de ejecutivo. He pedido volver a las calles pero consideran que eso sería mostrar debilidad en la autoridad de la empresa. No. No me importa la puta empresa ni un huevo. Ni los seguros. 22 años me han hecho adicto a la gente corriente. Río y me preocupo con ellos, su vida se abre como una caldera a punto de estallar. El arte está sobrevalorado, igual que el sexo. Nada hay tan grande ni tan reconfortante como entrar en el mundo interior de alguien. No creo que mi vida valga la pena si no recupero mi antigua ocupación. Si es imposible estoy dispuesto a dejar la empresa. ¿Quién ha dicho que debo pasar el resto de mi vida laboral entre papeles y reuniones interminables? ¿Quién con el mínimo de juicio no se daría cuenta de la diferencia? ¿Qué es más humano? ¿Qué significa ser humano? ¿Cuánto vale nuestra existencia?

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