Era la tarde de uno de los últimos días de primavera. Ante mí se extendía por primera vez desde hacía mucho tiempo un verano en solitario. Eso es lo que pensaba mientras me incorporaba del sofá blanco que había comprado esa misma mañana. Tenía que ser blanco porque la casa que alquilé para pasar los próximos meses estaba delante del mar. Tenía ganas de fumar de modo que salí a comprar tabaco para liar. Había visto un estanco el día anterior que no debía estar a más de veinte minutos andando. Paseé sin prisa imaginando los colores brillantes de las cajetillas que imaginaba estarían adornando las paredes; imaginé que no sería muy grande. Siempre me han gustado los estancos. Es la sinfonía de olores, las ansiedades que notas respirar en los que esperan hacer su compra, el tabaco empaquetado, perfectamente, en celofán transparente. Hay algo especial en ellos y nunca me importaba ceder el turno a otro para alargar la estancia aún sabiendo cuál iba a ser mi petición. Me había acostumbrado a liar Marlboro, ruling and tubing, ponía en el paquete. Lo había hecho desde que empezaron a poner fotos en los paquetes convencionales. Cogí mi tabaco y decidí hacerme un cigarro en un parque cercano desde el que se podía ver la playa. Volví a casa. Al cerrar la puerta del apartamento supe que no iba a ser un verano normal. No. La sensación de pánico que sentía no podía ser simple fantasía. Me tiré en el sofá. Fumé otro cigarrillo. Vi de reojo mi sombra en la televisión. Tenía que salir. Así lo hice. Me puse a andar por el paseo marítimo hasta que oscureció. Me vino a la cabeza el momento en que Mr. Stevens se encuentra en un puerto marítimo y pregunta a su antigua ama de llaves por qué la gente aplaude al encenderse los faroles. “Porque se sienten alegres”, le responde, o “porque se sorprenden”. Leía esa novela por lo menos hacía quince o veinte años y no recordaba cosa por cosa pero sí el efecto que me produjo. Tengo que leer lo menos posible, me dije cuando me dirigía a casa. Quiero sentir la soledad de Kafka, eso que Auster cree patológico en un escritor. Quiero sentir la prisión de mi soledad y no tratar de endulzarla. Quiero que mi cuerpo se acostumbre a la nobleza de no esperar en nada que le proponga la fantasía; quiero que mi silencio valga. Mis manos temblaban cuando traté de hacerme una cena fría a base de pollo y mahonesa; tuve que sentarme. Eso significa vaciarse, anular la perspectiva, dejar de mirarte, de imaginarte, de derramarte. Estar solo con todas sus consecuencias. Detrás del muro que nunca me he atrevido a mirar. Ser un míster Stevens irreconocible por nadie. Eso era. Sentir y admitir que nadie más lo hace. Demorar la respuesta. Nadie la espera. Renunciar a esperarla en mí. Sí, casi era verano, pero quería que fuera los días en que comienza el verano que siempre habían estado llenos para mí, llenos de maletas que llenar o de sitios por habitar con el gusto de hacerlo superficialmente, fugazmente. Este verano sería distinto. Serían los días anteriores a los días; no la narración que se gusta a sí misma en el verano tardío de Stifter, sino las palabras que no fueron buscadas ni estaban esperando, el momento anterior al gozo o a la satisfacción, la puerta entreabierta cuyo umbral no será traspasado. La naturaleza de las cosas, iba a acallar su allanamiento hasta que estallaran y algo que me decía que no iban a hacerlo, que había creído en ellas pero no eran más que una versión a la que solemos abocarnos. Si iban a maltratarme no nadie oiría mis quejas y si las profiriera no las atendería. Las haría pasar de lado como los rayos del sol que desaparecieron en aquel primer día, que no sería ningún primer día, tan sólo un brote, un anticipo del verano, que no iba a empezar, que sería para siempre prematuro, anterior, una voz que no llegaría a ningún sitio, un aliento que no daría lugar al siguiente que viene en su lugar. Si algo llega no será acogido, si aquel algo frente a lo que naturalmente me sentía indemne no necesitaba armarme porque nunca ocurriría. Cené cansado. Casi rápido. Me dormí en el sofá tratando de dejar mi mente en blanco. Antes de perder la conciencia supe que aunque durmiera, el día siguiente se asomaría en mi mente con aquellos pensamientos con los que había aplacado una alarma escondida, un desafío que no quise saber de qué, ni por qué, ni para qué. El día siguiente no sería el mismo. Pero tampoco sería el paso hacia el otro, y el otro.
Al día siguiente abrí los ojos y me levanté sin ganas de ducharme. Tomé un té. El mar chocaba embravecido en las rocas. Me calcé unas botas de trecking y comencé a circunvalar la orilla huyendo de las últimas casas y buscando de vez en cuando senderos que se entremetían entre fincas. Caminaba a paso rápido pero sin huir de nada, sin querer llegar antes. En unas horas sentí sed. A lo lejos observé cómo un labriego regaba su huerto y me acerqué a él. Observé que adivinó mis intenciones a lo lejos porque se acercó a la casa de aperos y sacó un botijo. Cuando llegué me lo extendió como si nos conociéramos desde siempre. Le di las gracias y bebí de un agua que sabía a mineral y a nada más. “Beba más”, me dijo, “muy poca gente llega hasta aquí desde tan lejos. Yo mismo no podría vivir aquí sin la ayuda de mi mula con la que traigo el sustento una vez por semana”. Bebí otra vez y le di de nuevo las gracias. No me resultaba incómodo estar con aquel hombre que tendría quizás unos años más que yo. Parecía vivir solo de modo que traté de entablar una conversación. Le pregunté hasta dónde se podía recorrer el camino. Hizo un gesto de sorpresa y añadió: “hasta donde usted quiera. El día declina”- continuó. “Haga noche en mi casa. Le puedo ofrecer un refrigerio y una cama y quizá mañana desea seguir su camino”. No pude negarme a su hospitalidad. El hombre me hizo entrar en la pequeña casa y comenzó sin más ceremonias a preparar una ensalada de verduras. Durante la cena no habló. Tampoco yo me sentía con fuerzas ni con curiosidad para hacerlo de modo que, una vez hubimos acabado, me señaló un jergón para estirarme. Se estaba bien. En unos minutos cambié de postura en el poco espacio que tenía y me dormí profundamente.
Cuando desperté mi anfitrión estaba de pie ante mi. Me preguntó si quería algo para desayunar. Con un gesto le di a entender un no y un gracias. Salí caminando en dirección al sur. Mi idea original seguía exigiéndome el paso recio. No sabía hasta dónde tenía que andar. Las voces dentro de mí fueron acallándose tras la primera noche. Si el objetivo era que dejara de sonar desde luego parecía que lo estaba consiguiendo. Pasaron varios días hasta que perdía la cuenta. Dejó de existir la diferencia entre caminar y descansar. Logré vislumbrar el extremo, el punto de vista que eliminaba a todos los demás. Tal vez una forma de locura. O, quizá, la locura era el intento de unir los días con una finalidad. El tejido de mi idea comenzó a desvanecerse. Dejé de contarme las cosas y el orden en que ocurrían. Creo que no puede llamarse final. Pero en un momento di un salto. Y ya no pude narrar lo que ocurría.
1 comentario:
¡ tremebundo !: quiero más...
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