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miércoles, octubre 26, 2011

La Vida


El Moralista Matinal andaba ya unos días apesadumbrado, sino deprimido. La recesión económica mundial, sus propios apuros financieros, y algunos reveses emocionales, le habían sumido en la desazón, cuando no en la angustia. Una madrugada, el moralista se descubrió leyendo el horóscopo en un periódico atrasado. Y recordó aquella historia del vidente que una vez le contó Amatulo Flores, su amigo y vecino.

Amatulo, al igual que le sucedía ahora al moralista, estaba entonces atravesando una mala época.  Su bufete de abogados, antaño el más pujante de la ciudad, pasaba sus horas más bajas. Las deudas y los fracasos se amontonaban sobre su mesa. Amatulo se debatía entre darse por vencido, cerrar su despacho e iniciar una vida de mediopensionado o continuar en la que le parecía una vana lucha por el día a día. Fue, también, leyendo el periódico dónde Amatulo encontró el anuncio de un vidente, que prometía adivinar el futuro. Hombre decidido, Amatulo concertó telefónicamente una cita para ese mismo día, y horas después se hallaba en un oscuro y húmedo local, en el entresuelo de un viejo edificio, en el centro de la ciudad, dónde el vidente ejercía. El vidente era un hombre de mediana edad, ligeramente obeso, bastante alopécico y un poco estrábico, con el descuidado aspecto de un protésico dental venido a menos. Acomodó a Amatulo en una vieja butaca frente a una mesita redonda y durante unos quince minutos departieron sobre trivialidades. Cuando Amatulo estaba a punto de perder la paciencia, el vidente encendió ceremoniosamente un ducados negro, y aspirando el humo le dijo: << Bien, Don Amatulo, así que quiere usted saber sí le va a sonreír la fortuna en su negocio>>. Amatulo debió reflejar la perplejidad en su rostro, pues el vidente continuó: << No se asombre. Por su conversación he sabido que es usted un hombre de estudios. Su traje y corbata me dicen que es un profesional en activo. Por su porte, ingeniero o abogado, imagino. Y qué esté aquí en pleno horario laboral me sugiere que si bien es el propio dueño de su negocio, no es precisamente de trabajo de lo que anda sobrado>>.  Amatulo asintió. El vidente tras unas fuertes aspiraciones de tabaco, clavó su mirada en Amatulo y con una leve sonrisa le dijo: << Veo su futuro claramente. Y puede estar tranquilo. La fortuna le va a sonreír. Tenga la seguridad de que todos sus problemas económicos se solucionarán. Y que nadará usted en la abundancia el resto de su vida>>. Amatulo no pudo reprimir una sonrisa e hizo el gesto de levantase de su asiento, cuando el rostro del vidente mutó a una grave seriedad y alzando el dedo índice, dijo: << Pero debo advertirle: antes de que esto suceda, un amigo le traicionará…>>.  Amatulo volvió a sentarse y el vidente prosiguió: <<…además, sufrirá de una grave enfermedad, un desengaño amoroso le entristecerá y  debe saber, también, que antes de enriquecerse, se arruinará y vivirá grandes penurias económicas>>.  Y acto seguido el vidente dio por finalizada la consulta solicitándole sus emolumentos. Amatulo salió a la calle con el ánimo peor, si cabe, que cuando entró. La traición, el desamor, la enfermedad y la ruina se cernían sobre él. ¿De qué le serviría entonces el dinero? se preguntaba. A los pocos metros, en la misma calle, vio una administración de lotería y compró un boleto. Decidió confiar su vida al azar. A los pocos días su número resultó premiado.  Tras la euforia y el alborozo, recordó al vidente y sus negros presagios de tragedias. Una ola de indignación le arrebató. Se dirigió de nuevo al local de videncia, interrumpió en él y espetó al vidente, al que había hallado enfrascado en un crucigrama: << Vengo a decirle en cuanto se equivocó. Ya soy rico. Inmensamente rico. Y tan sólo unos días después de que usted dijera que esto no sucedería antes de padecer yo todo tipo de desgracias. Y véame ahora: Rico, sano y feliz. No es usted más que un charlatán>>.  Repuesto de su sorpresa, el vidente se recostó en su butaca, y sonriendo le contestó: << vamos a ver Don Amatulo. Debe estar usted a mediados de sus cuarenta. ¿Quiere hacerme creer que en sus cuarenta años de vida no le ha traicionado un amigo? ¿Jamás ha estado enfermo? ¿Acaso no le abandonó, como a todos, su primer y más sincero amor?  ¿Y no es más cierto, que al venir a mi consulta el otro día se hallaba usted sumido en la ruina? Y ¿no sucedió todo esto antes de que Fortuna le cubriera con su manto? >>. Amatulo quedó boquiabierto y sin habla. El vidente se alzó, posó una mano sobre el hombro de Amatulo y le dijo: "Vaya con Dios, disfrute de su dinero, aprenda las amargas lecciones pero olvide las penas pasadas. Su destino se ha cumplido".

El moralista matinal, tras recordar la vieja historia de su amigo, salió al balcón, con una taza de café, a contemplar el amanecer sobre el mar. Tomó una bocanada del incipiente frío otoñal que tanto se había retrasado ese año. Pensó que en estos tiempos de incertidumbre sólo tenemos una seguridad, y es la de que nada hay seguro. Ninguna certeza, mas que estaremos vivos mientras no nos llegue la hora. De nosotros depende cómo vivir ese tiempo. Una ráfaga de viento le trajo a su memoria una canción: La vida pot ser eixe  plor, pero nosaltres…¡al vent!

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