El
Moralista Matinal andaba ya unos días apesadumbrado, sino deprimido. La
recesión económica mundial, sus propios apuros financieros, y algunos reveses emocionales,
le habían sumido en la desazón, cuando no en la angustia. Una madrugada, el
moralista se descubrió leyendo el horóscopo en un periódico atrasado. Y recordó aquella historia del vidente que una vez le contó Amatulo Flores, su
amigo y vecino.
Amatulo,
al igual que le sucedía ahora al moralista, estaba entonces atravesando una
mala época. Su bufete de abogados,
antaño el más pujante de la ciudad, pasaba sus horas más bajas. Las deudas y
los fracasos se amontonaban sobre su mesa. Amatulo se debatía entre darse por
vencido, cerrar su despacho e iniciar una vida de mediopensionado o continuar
en la que le parecía una vana lucha por el día a día. Fue, también, leyendo el
periódico dónde Amatulo encontró el anuncio de un vidente, que prometía
adivinar el futuro. Hombre decidido, Amatulo concertó telefónicamente una cita
para ese mismo día, y horas después se hallaba en un oscuro y húmedo local, en el entresuelo de un viejo edificio, en el centro de la ciudad, dónde el vidente
ejercía. El vidente era un hombre de mediana edad, ligeramente obeso, bastante alopécico
y un poco estrábico, con el descuidado aspecto de un protésico dental venido a
menos. Acomodó a Amatulo en una vieja butaca frente a una mesita redonda y
durante unos quince minutos departieron sobre trivialidades. Cuando Amatulo
estaba a punto de perder la paciencia, el vidente encendió ceremoniosamente un
ducados negro, y aspirando el humo le dijo: << Bien, Don Amatulo, así que
quiere usted saber sí le va a sonreír la fortuna en su negocio>>. Amatulo
debió reflejar la perplejidad en su rostro, pues el vidente continuó: <<
No se asombre. Por su conversación he sabido que es usted un hombre de
estudios. Su traje y corbata me dicen que es un profesional en activo. Por su
porte, ingeniero o abogado, imagino. Y qué esté aquí en pleno horario laboral
me sugiere que si bien es el propio dueño de su negocio, no es precisamente de
trabajo de lo que anda sobrado>>.
Amatulo asintió. El vidente tras unas fuertes aspiraciones de tabaco,
clavó su mirada en Amatulo y con una leve sonrisa le dijo: << Veo su
futuro claramente. Y puede estar tranquilo. La fortuna le va a sonreír. Tenga la
seguridad de que todos sus problemas económicos se solucionarán. Y que nadará
usted en la abundancia el resto de su vida>>. Amatulo no pudo reprimir
una sonrisa e hizo el gesto de levantase de su asiento, cuando el rostro del
vidente mutó a una grave seriedad y alzando el dedo índice, dijo: << Pero
debo advertirle: antes de que esto suceda, un amigo le traicionará…>>. Amatulo volvió a sentarse y el vidente
prosiguió: <<…además, sufrirá de una grave enfermedad, un desengaño
amoroso le entristecerá y debe saber,
también, que antes de enriquecerse, se arruinará y vivirá grandes penurias
económicas>>. Y acto seguido el
vidente dio por finalizada la consulta solicitándole sus emolumentos. Amatulo
salió a la calle con el ánimo peor, si cabe, que cuando entró. La traición, el
desamor, la enfermedad y la ruina se cernían sobre él. ¿De qué le serviría
entonces el dinero? se preguntaba. A los pocos metros, en la misma calle, vio
una administración de lotería y compró un boleto. Decidió confiar su vida al
azar. A los pocos días su número resultó premiado. Tras la euforia y el alborozo, recordó al
vidente y sus negros presagios de tragedias. Una ola de indignación le
arrebató. Se dirigió de nuevo al local de videncia, interrumpió en él y espetó
al vidente, al que había hallado enfrascado en un crucigrama: << Vengo a
decirle en cuanto se equivocó. Ya soy rico. Inmensamente rico. Y tan sólo unos
días después de que usted dijera que esto no sucedería antes de padecer yo todo
tipo de desgracias. Y véame ahora: Rico, sano y feliz. No es usted más que un
charlatán>>. Repuesto de su
sorpresa, el vidente se recostó en su butaca, y sonriendo le contestó: <<
vamos a ver Don Amatulo. Debe estar usted a mediados de sus cuarenta. ¿Quiere
hacerme creer que en sus cuarenta años de vida no le ha traicionado un amigo? ¿Jamás
ha estado enfermo? ¿Acaso no le abandonó, como a todos, su primer y más sincero
amor? ¿Y no es más cierto, que al venir
a mi consulta el otro día se hallaba usted sumido en la ruina? Y ¿no sucedió
todo esto antes de que Fortuna le cubriera con su manto? >>. Amatulo
quedó boquiabierto y sin habla. El vidente se alzó, posó una mano sobre el
hombro de Amatulo y le dijo: "Vaya con Dios, disfrute de su dinero, aprenda las
amargas lecciones pero olvide las penas pasadas. Su destino se ha cumplido".
El
moralista matinal, tras recordar la vieja historia de su amigo, salió al balcón,
con una taza de café, a contemplar el amanecer sobre el mar. Tomó una bocanada del
incipiente frío otoñal que tanto se había retrasado ese año. Pensó que en estos
tiempos de incertidumbre sólo tenemos una seguridad, y es la de que nada hay
seguro. Ninguna certeza, mas que estaremos vivos mientras no nos llegue la hora.
De nosotros depende cómo vivir ese tiempo. Una ráfaga de viento le trajo a su
memoria una canción: La
vida pot ser eixe plor, pero nosaltres…¡al vent!
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