Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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lunes, octubre 31, 2011
A propósito de Amatulo
Su único amigo, con el que compartía algunos ratos durante el verano, era de Zaragoza y Amatulo lo consideraba no sólo amigo, sino también mentor e incluso maestro. Para empezar don Polonio era funcionario de clase A y tenía una explicación para todo, a parte de un fort Kuga que se acababa de comprar -hay que tener también un coche de montaña, decía. Don Polonio era de una sobriedad sobresaliente cosa que Amatulo amaba y recelaba a la vez, pues en muy pocas ocasiones dejó de pagar todas las consumiciones que hacían los sábados por la mañana. Don Polonio tenía una visión -así la llamaba- sistémica. Si el país iba mal se debía retrotaer la mirada como las lentes de un telescopio y adquirir perspectiva. Según él, las guerras eran los instrumentos que el gran dios sociólogo se servía para homologar el mundo. Don Polonio se avergonzaba de no tener una explicación para la muerte y el sufrimiento. Por eso solía dirigir su discurso hacia cuestiones en que lo concreto no se tocara, tal vez acaso sólo para ejemplificar alguna de sus teorías. Era de destacar su sentido positivo, su optimismo respecto a la raza humana. "La razón se acaba imponiendo" era una de sus coletillas. Amatulo pasaba el tiempo escuchándole como embelesado, descubriendo que su visón torpe y egoísta de la realidad tenía otra dimensión en la que las cosas se encontraban dispuestas para lograr el mejor mundo posible. Don Polonio adoraba a Zapatero y el actual alto el fuego lo atribuía a su constancia y su fidelidad al optimismo que él compartía con el diputado, como solía llamarle. Cinco millones de parados, decía, pero quién, quién ha osado hablar de lealtad y racionalidad desde la tribuna? La crisis era una cuestión estacionaria, tan cíclica que se atrevía a augurar su final en tres, cuatro años. Sí, Occidente había ganado la batalla. El hombre llevaba en la tierra 40000 años pero desde que se aplicó a la razón, apenas tres siglos, ya se había declarado los derechos universales del hombre y en unos siglos, no más de tres, no más de cuatro, el mundo viviría en la paz perpetua. "La burocracia, repetía, las escrituras y los papeles que reflejan el estado social nos han salvado del barbarismo". Todo era cuestión de paciencia. Amatulo ignoraba de dónde sacaba esa paciencia el defensor de la civilización. "Nada llega a destiempo, sostenía entonces son Polonio, y si creemos que tarda debemos adaptarnos al tiempo que le toca a cada cosa. Tenía Polonio mujer y familia, pero cuando hablaba era como si no la tuviera. Cuando hablaba parecía suspenderse sobre una peana y dirigir sus prolongadas reflexiones desde un atril. En su vida diaria se mantenía alerta, pagaba sus multas y derrochaba civismo. La previsibilidad era su divisa y su martillo. Gustaba de leer las letras pequeñas y de preguntar aquello que le parecía ambiguo. Más de una vez se habían corregido textos oficiales gracias a sus sugerencias y en una de ellas hizo que se reeditara el diario oficial de Aragón. Pero una noche, mientras explicaba a su compañero Amatulo la república universal que Kant concibió para el mundo, mientras subrayaba que la zona euro era la semilla de un nuevo mundo ausente de conflictos, se voz se ensombreció. Un rayo, un tropiezo, en su cerebro le removió en los pilares de su pensamiento. En la televisión unos lobos luchaban por una hembra. Fue un latiguillo que le impedió seguir hablando. Ante las preguntas de don Amatulo contestó con aire deprimido: "Todo esto es un error, todo esto es un error". De vuelta al apartamento su cabeza bullía: la chica con la que en realidad le hubiera gustado casarse. Qué habían sido todos esos años. Aquel momento superaba a todas las vigilancias que había establecido en su vida. Qué debía hacer ahora, ¿soñar? Llegó a casa con la sonrisa de siempre. Cenó con aire resuelto una ensalada y una tortilla de queso. Alegó sentirse mal para poder irse a la cama y pensar. Se preguntó qué estaría haciendo ahora aquella chica. Su corazón se aceleraba. NO. NO. Aquello era un dolor de muelas. Mañana se levantaría a las ocho como siempre, se ducharía, se tomaría un cortado y se iría a comprar el Heraldo. Sería un nuevo día, como el de siempre, como el primero y como el último. Trataría de olvidar a esa chica como si se tratara de una tentación peligrosa, un explosivo en los cimientos. NO. Nadie iba a destruir su edificio. El edificio de un hombre, el que debería ser para todos los hombres. Mañana comenzaría a releer la metafísica de las costumbres de Kant como hacía cada dos años. Aquello no había pasado. Debía mantenerse en guardia contra ese tipo de pensamientos que descolocaban el mundo que el nuevo régimen había trazado para todos. Tratando de no ser consciente de la persistencia de su erección se durmió y la razón hizo su milagro. Se levantó como todos los días, como el mismo día. Aquello fue un tropiezo y, aunque no debieran suceder, a veces sucede. Un tropiezo. En el kiosko Polonio comenzó a sudar: no sabía si estaba de pie, si lo había estado, o si todavía estaba caído de bruces y la recuperación era producto de su imaginación. NO. NO. Estaba de pie. Cuando le tocó el turno no compró el periódico. Salió a pasear. Nunca hasta entonces había sentido la brisa matinal ni a las gaviotas. Volvería a casa haciendo un gran rodeo.
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