Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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domingo, diciembre 10, 2006
El asunto Wittgenstein (14)
En el momento en que Paul y Bárbara salieron de la casa, Cyril Vasileyev había abandonado su puesto de vigilancia. Una vez establecido contacto visual positivo con ella debía llamar a su comandante y pedir nuevas instrucciones. Las que recibió le obligaron a volver a la base y hacer preparativos durante todo el día. Finalmente, cuando caía la tarde, llegaron los cuatro hombres que enviaba el comandante a bordo de dos Audi A6 negros. Subió al primero de vehículos, y les condujo hasta el chalet de ella. Cuando llegaron era bien entrada la madrugada y por eso no les extraño no ver ninguna luz en el interior del chalet. Tan sólo unas pocas farolas iluminaban la calle. Detuvieron los vehículos, inspeccionaron la zona durante unos minutos y finalmente bajaron de los coches. Vestían tejanos, jerseys negros y chaquetas de cuero negras. Las armas que desenfundaron y amartillaron al unísono también eran negras. Se hallaban en la acera frente al jardín delantero. Cuando iban a entrar en él, una furgoneta negra con los faros apagados y los cristales tintados llegó a toda velocidad por el otro extremo de la carretera y aminoró su marcha frente al chalet contiguo. De la puerta lateral de la furgoneta, sin detenerse totalmente, surgieron cuatro sombras negras que cayeron, sin hacer apenas ruido, sobre el jardín de Bárbara. Los cinco mercenarios serbios quedaron paralizados por un momento, y cuatro de ellos miraron a Vasileyev. Éste, tan asombrado como sus compañeros, les dio la orden de quedarse en el sito y caminó unos pasos en dirección al jardín contiguo, donde los recién llegados permanecían inmóviles en absoluto silencio y agazapados en la oscuridad, hasta el punto que Ciryl no sabía bien qué o quién era lo que había salido disparado de aquella furgoneta. De repente, frente a él, se encendieron dos pequeños puntos de un intenso color verde. Vasileyev sabía bien lo que era: un visor nocturno de los que él mismo había utilizado en la guerra. Un escalofrió recorrió su cuerpo y su brazo derecho, que hasta entonces había permanecido pegado a su costado y en el que llevaba su Walter PPK con 32 balas explosivas y silenciador. Inició un lento pero decidido ascenso en dirección a aquella luz.
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