
Todo empezó con Brahms. Brahms y la luna de Sicilia, conjurados, impidieron el estallido del amanecer y alentaron el complot de los espíritus: Giuliano agazapado en cada recodo del camino, los ecos de la feroz jauría (que durante unas décimas perturbaron al imperturbable Bru), las escaramuzas entre carabineros y contrabandistas de tabaco, la carcajada eterna y alcohólica del cónsul inglés y las invisibles focas monje intentando escalar un acantilado de dos siglos. Y de repente el mar, la fruta fresca y la serenidad de Weiss después de que el mismísimo Ulises le susurrase su destino.
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