Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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sábado, febrero 17, 2007
El asunto Wittgenstein. Capítulo II
La investigación del departamento de historiografía de Yale no estaba equivocada. Tal y como intuyó Robert Pierce junior, Wittgenstein guardó juntos el Tractatus y los bonos. Pero la razón por la qué nunca público uno y cobró los otros es más prosaica de lo que los Paltrow y los Pierce han imaginado durante años en sus noches de insomnio. Y ese era uno de los secretos mejor guardados de Quine, Hodges & Hogan. QH&H es uno de los despachos de abogados más prestigiosos y antiguos de Londres. Desde 1812 el Who´s Who del Imperio les confío sus asuntos legales y se jactaban de haber cumplido todos y cada uno de sus fideicomisos a satisfacción de sus clientes. Todos, menos uno. En 1946, Sir George Edward Moore había confiado al bufete la entrega de una maleta extraviada a su propietario. Naturalmente el contenido de la maleta, el modo en que se había extraviado o por qué Moore no contrataba sin más a un mensajero que realizará el porte no era asunto del bufete. Se limitarían por una módica suma de libras, a hacer entrega en mano de la maleta a su propietario y a no revelar nunca su destinatario (en cualquier caso no antes de que se deshielen los polos, como solía decir el viejo Roger Q. Chapman, descendiente de los socios fundadores del Despacho). Estos encargos eran encomendados al bufete por los clientes para ser ejecutados en un tiempo determinado, la mayoría de veces cuando ellos ya no vivieran. Esto exigía que la confianza en la realización del encargo fuera absoluta. Era una de las especialidades del bufete, que les había dotado de fama mundial (junto a sus famosos contratos de seguros para fletes de esclavos que lamentablemente tuvieron que dejar) y se decía que entre sus estanterías se guardaba desde un carta de Nelson a Su Graciosa Majestad reprochándole cierta infidelidad amatoria a una nota que envió una famosa starlette norteamericana a su Presidente la noche antes de morir. Pero en aquella ocasión, (y sólo en aquella ocasión, bramaba el viejo Roger cada vez que narraba dicha historia a un nuevo socio del despacho) el bufete falló. El destinatario era un “judío intelectual” (y el viejo pronunciaba intelectual como un nazi hubiese pronunciado judío) que vivía en aquella época en Skjolden, Noruega. Se encargó a dos jóvenes pasantes del despacho la sencilla misión de viajar hasta allí y hacerle entrega de la maleta. Llegaron a Oslo una mañana de junio de 1946, pocos días antes del solsticio de verano, cuando el sol apenas se pone unas horas en el fjordo. Decidieron visitar la ciudad y al día siguiente coger el tren que les llevaría a Bergen. Durante ese primer día conocieron a dos estudiantes suecas que también visitaban la ciudad. Louis Hatched y Ross Pinsent pudieron comprobar que el incipiente mito del libertinaje sexual escandinavo era tan cierto como el de los efectos del schnaps sobre la férrea educación británica. Durante dos días disfrutaron de los mejores momentos de su vida, en una vorágine de noches de sol, paseos en barcaza por el fiordo, salchichas con patatas, risas y jazz en pequeños cafés, películas ininteligibles, sexo y alcohol, mucho sexo y mucho alcohol. Al tercer día las dos jóvenes se fueron y Louis y Ross pasaron el tercer día durmiendo. Al despertar se dieron cuenta de que entre sus revueltas pertenencias no se hallaba la maleta que debían haber entregado tres días antes. Y lo peor es que eran incapaces de recordar dónde, cuándo, cómo la podrían haber perdido, si se la habría robado alguien. Después de dar mil vueltas tuvieron que rendirse a la evidencia de que habían perdido la maleta. Pero la peor de sus pesadillas no había hecho más que empezar. Tuvieron que notificar lo sucedido a Londres que inmediatamente movilizó todos los recursos del bufete. Un socio se dirigió a Oslo a dirigir personalmente las operaciones y tuvieron que echar mano de toda su influencia en el Foreign Office. Las dos jóvenes fueron interceptadas en un ferry a Dinamarca, sus pertenencias registradas, e interrogadas. Sí que recordaban que los jóvenes llevaban una maleta pero desde luego no se la habían llevado ni sabían nada de su posible paradero. El caso fue asignado al inspector Harald de la policía de Oslo y junto al socio y ambos jóvenes reconstruyeron el itinerario de los últimos días. Para los pasantes fue un descenso a los infiernos, la más larga resaca que jamás habían experimentado: pasaron por decenas de bares, cafés, clubs estudiantiles, antros y tugurios. Todos y cada uno de los camareros les recordaban perfectamente. Dos jóvenes extranjeros, con un impecable acento british acompañados de dos espectaculares bellezas, gastando coronas a espuertas y con una conducta que, a medida que fueron pasando las horas y los días, se tornó más y más escandalosa; hasta en un cabaret de Myntgaten recordaban a los dos jóvenes, cómo habían subido al escenario y uno de ellos había azotado con su portaligas las desnudas nalgas del otro ante el regocijo de la nutrida concurrencia. A medida que se avanzaba en la investigación los pasantes se hundían más en la ignominia ante el socio de Chapman, rojo de la ira. Por otra parte el Inspector Harald iba contando los minutos que le faltaban para volver a la comisaría y contar a sus compañeros las andanzas de los dos lechuguinos ingleses. Respecto de la investigación sólo pudieron sacar en claro, según los testigos, que, en los primeros lugares a los que acudieron, uno de ellos no se separaba de una maleta, en otros referían cómo los jóvenes llevaban una maleta que dejaban en la mesa o en el guardarropa y en los últimos locales ya no habían visto ninguna maleta. Se hicieron preguntas a todos los taxistas, conductores de tranvía, autobuses de la ciudad, y patrones de las barcazas que daban paseos turísticos por el fiordo.
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