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lunes, febrero 19, 2007

El asunto Wittgenstein (II, 2)

Abandonaron la búsqueda. La policía no podía retener por más tiempo a las dos estudiantes suecas sin una denuncia formal, y en Londres temían que finalmente se hiciera público el escándalo. Gratificaron generosamente a los funcionarios noruegos que habían colaborado con ellos y les convencieron de que olvidaran el incidente. Louis y Ross pensaron que su carrera acababa ahí, y desde luego ese era el deseo de los socios del Bufete. Pero ambos pasantes habían llegado al despacho no por sus expedientes académicos sino por los jugosos contratos que las respectivas empresas familiares tenían con el Bufete. Y lo único que se podía anteponer a la reputación e integridad del Despacho era su cuenta de Resultados. En una reunión en la que estuvieron presentes todos los socios del Bufete se decidió de mutuo acuerdo silenciar aquel asunto. Supusieron que si Moore les había confiado un encargo que podría haber hecho él mismo, sería sin duda por sus malas o nulas relaciones con el destinatario. Y por qué algo tenía que ocultar. El despacho tenía por norma no reportar sobre sus actuaciones confidenciales ni al propio autor del encargo así que no había necesidad de notificar a Sir George Edward el error en el cometido. Pero naturalmente, ello no quería decir que se conformasen con dejar el compromiso incumplido. Eso no había pasado nunca y nunca pasaría chillaba enrojecido por la cólera el viejo Chapman llegado a ése punto del relato. Por eso a cada nuevo socio se le contaba esta historia a fin de que dedicase parte de su tiempo y esfuerzo a hallar lo que ellos llamaban la maldita maleta noruega. Se proponía una dotación generosa en líquido y una parte sustanciosa de acciones como recompensa. Junto a los vástagos de la élite financiera en QH&H trabajaban algunas de las más brillantes mentes que el sistema universitario de la Commonwealth producía. Estudiando la vida y obra del destinatario de la maleta concluyeron que en su biografía existían dos grandes incógnitas: por qué el destinatario abandonó su lugar de residencia en Noruega, estableciéndose en 1947 en un pueblo de Galway (Irlanda), y por qué viajó de nuevo a Skjoden en 1950. Ellos sabían que esto generaba una tercera incógnita: por qué el destinatario no denunció ni comunicó jamás al remitente la ausencia de la dichosa y maldita maleta. Al despacho le daba igual su contenido. Lo único que querían era cumplir su encargo. Y si algún día se hiciera público que la maleta contenía algo de importancia y que QH&H no había podido cumplir su parte del contrato, todo el prestigio, ganado a pulso durante siglos, se vería a fortiori arruinado. Y después de esos años sólo contaban con la información que les proporcionaba un Blog de un profesor chalado que defendía la existencia de un libro perdido del destinatario por causas desconocidas. Con el recelo y el escepticismo que produce la necesidad involuntaria tenían full time a un pasante que leía a diario el absurdo Blog y que llevaba casi seis meses informando en la junta semanal de la desaparición de su última pista. Así que cuando aquella mañana el joven pasante Collingwood entró tímidamente en el despacho del huraño y temido socio-fundador Chapman, el viejo Roger, para notificarle que el hijo del Profesor Paltrow había escrito en su blog que había encontrado el tractatus pérdido, la cúpula de Quine, Hodges & Hogan comprendió que cincuenta años después por fin habían encontrado una pista que les llevará hasta la maldita maleta noruega.

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