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martes, febrero 20, 2007

El asunto Wittgenstein (II, 3)

El comandante Vlad M. Karadjik se estableció hace doce años en la Strada di Fontanella, parcela 1775, un lujoso chalet de la zona residencial de alto standing de Trieste. Paseaba por la terraza fumando. Al norte, el puerto de Muggia se ocultaba con su bruma habitual, en la que destacaba, como una ciudad flotante, la fragata estadounidense USS Stark. Al sur, a dos kilómetros, el puesto fronterizo de Sveti Mihel que sorteó a través de las montañas y que algún día atravesaría con su propio uniforme. Desde el acuerdo Dayton la información de su paradero costaba para la policía judicial del Tribunal de la Haya 10 millones de dólares. Su cabeza había ido cotizando en alza desde la encarcelación de sus superiores; pero sus negocios también. Podía dar cobertura a cualquier negocio ilegal desde las mismas puertas de Europa: introducción de inmigrantes albaneses, venta de armamento a países africanos (Sudán y Zimbawe), protección de empresarios que hacían su agosto en la antigua Yugoslavia, y, desde el último año, un lucrativo business de venta de plutonio empobrecido para el Golfo Pérsico. Ya no le interesaba la droga ni la prostitución. Gracias a ellos, sí había conseguido salir adelante en la clandestinidad; pero el era un comandante, un líder, y su principal tarea era la reorganización de la resistencia serbia en Croacia. Para ello era necesario dinero, mucho dinero. Su política era muy simple: borrar todas las huellas y reinvertir en legalidad. Jugaba con las mismas armas que sus enemigos, empresas fantasmas dedicadas a mediar sin mancharse las manos: yo sé quién te puede vender lo que tú quieres comprar, el 15 por ciento libre de impuestos es una buena tajada. Pero lo difícil es introducir el dinero en el circuito. Empréstitos a Estados marginales, brokers asiáticos con pocos escrúpulos, guerrillas oficiales, multinacionales al borde del precipicio, inversiones inmobiliarias, todo eso eran lugares excepcionales para invertir líquido y a ese nivel la ley no existe: a nadie le interesa cuestionar su tabla de salvamento. Pero blanquear dinero es una operación muy delicada: es muy caro conseguir que todos los cabos estén bien atados, y si alguno puede desatarse hay que actuar inmediatamente. Para eso un ejército sin patria es el mejor operador. “Me apoyo en vuestra fidelidad”, les dice siempre a sus hombres: “somos naipes”.
Desde ayer al mediodía Vlad está agitado por una operación rutinaria de cabos sueltos. Entra en la sala de estar. Sobre una cómoda hay tres televisores: la CNN, la BBC y el canal de deportes DSF. No ha recibido el omnia fecit de Cyril, uno de sus mejores hombres para operaciones encubiertas. Tenía órdenes expresas de no hacer daño a Maria, de traerla a su presencia sin un rasguño. Le había costado un año encontrarla y no podía permitirse depender de la discreción de aquella mujer. La encontró en el infierno de Sarajevo tras años sin saber de ella y le ayudó a salir de allí. Poco le importaba que Maria Mladic hubiera dejado de creer hace tiempo en su lucha. El hecho de haberse convertido en Vanesa V., la diosa del sexo, le había brindado la oportunidad de utilizarla como propietaria de una buena suma de dinero que necesitaba disponible. Sin ser ella consciente, le había convertido en uno de sus principales testaferros en Europa occidental. Y, de repente, se fue sin dejar rastro. Se cambió de nombre y no consiguió nada hasta que localizó una pista en París. Bárbara, como se hacía llamar ahora, era su prioridad más acuciante, tenía suficiente información para descubrirla. Hizo poner el canal internacional español. La periodista que hablaba con el mar a sus espaldas mencionó la batalla del cerro: un ajuste de cuentas entre traficantes del este: cinco muertos.La investigación estaba bajo secreto de sumario. Vlad escuchó la noticia con estoicismo, sin pestañear. Pidió la cena a su ayudante y silenció los televisores. Cuando sonó su móvil encriptado sabía que era Cyril con malas noticias: “Señor, estoy herido”, dijo con ansiedad, y añadió: “Señor, los americanos”. El comandante Vlad cerró los ojos.

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