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lunes, marzo 12, 2007

El asunto Wittgenstein. Capítulo III

Mónaco es el mejor lugar para ver amanecer si Bárbara está a tu lado. Pedí el desayuno mientras ella dormía y estuve observando la luz de la ventana. Bajé la persiana. Esperaba a que llamaran a la puerta, quería saber cómo se despertaba. Desayunamos sin hablar, apenas tomó un café sin azúcar y un par de crackers que le puse con queso blanco. Yo tenía cerrado el estómago y me obligó a comer algo de jamón con tomate especiado. El café era muy bueno y mientras se duchaba saboreé hasta el final la tercera taza humeante. Pedí una funda para el traje y arreglé las pocas pertenencias que teníamos. Me sorprendí a mí mismo tratando sus cosas, doblando su falda, abotonando su blusa, con un fetichismo que nunca había sentido por las cosas. Sonreí cuando comprobé el peso de su bolso, aquel monólogo de Guy Browning en donde explica que si una mujer perdiera su bolso se moriría al instante. Noté una violenta curiosidad por hurgar en él, como si de tratara de un arqueólogo ante el descubrimiento de un temporal de neardenthalis. En ese instante salió del baño como una aparición, el pelo mojado y la piel roja y brillante. –Señorita, le dije, va usted a París por negocios o placer? – Voy a pasar un fin de semana con la persona más buena que he conocido nunca. –Está usted segura de eso? - pregunté siguiendo la broma. – Es la primera vez que voy a París por placer, - dijo con rotundidad, nunca he estado tan segura.
Montecarlo desapareció por el retrovisor del cls. Entramos en la autopista a Lyon en silencio. Todo estaba en orden, el más mínimo conato de ansiedad. Me volví para contemplar cómo conducía, no descendió de los 180 kilómetros por hora. Los Alpes desaparecían a nuestra derecha. El resto era la Francia jardín, verde y llana. Paramos en un Restop para comer, uno de esos Grills uniformados y asépticos que se repiten en todas las autopistas de Europa. Había valorado cada minuto que habíamos pasado en silencio. Ahora, delante de un par de sándwiches y dos cervezas pareció dispuesta a hablar de lo sucedido. Me supuse en la obligación de dar algunas explicaciones. Sin embargo me equivocaba. También ella estaba paladeando esa seguridad que se producen los amantes el uno al otro los primeros días. Masticábamos y nos mirábamos. El mundo ya podía derrumbarse a nuestro alrededor. De vuelta al coche me puse al volante.

- Cuatro horas y la ciudad más bella del mundo, sonrió.
- Sabes, Wittgenstein decía que la autopista era el mejor ejemplo para entender el signo igual. Se va de un sitio a otro llenando un vacío y creando uno nuevo a tus espaldas. Intercambio perfecto. La verdad es que era muy bueno con los símiles.
- Mira, Lyon. El incesante Ródano de Borges. ¿Qué sería entonces un río para la lógica? Un camino sin retorno, el condicional. Una flecha que te precipita al mar para siempre.
- Bien visto, dije observando la masa de agua violenta y domesticada.

Era ese tipo de discreción inteligente lo que me sorprendía de Bárbara. Me explicó que había estudiado el tractatus de Wittgenstein en su segundo curso de lingüística y en un par de asignatura de programación.

- Nunca lograré entender cómo pudo escribir ese libro en las trincheras del frente de Prusia. Leí en la introducción del libro que se presentó voluntario dos veces a primera línea del frente porque tenía una patología suicida.
- Yo diría que no soportaba sentirse un cobarde. Su enfermedad consistía en exigirse a sí mismo hasta el límite y más allá de él. Tenía una mente preclara y una visión de sí mismo que nunca estaba a la altura de su cerebro.
- ¿Qué pretendía, salvar el mundo?
- Sí, y creyó haberlo hecho cuando terminó aquel pequeño libro de máximas. Él creía que somos miopes de nacimiento, y la vida no hace mucho por solucionarlo. La enfermedad o la muerte pueden tener una explicación natural, pero no nuestra manera torcida de ver las cosas. La infelicidad, el sufrimiento, las guerras, todos los males humanos son fruto de una mala interpretación, de un conocimiento defectuoso. Él creía que se podría encontrar la justa visión de las cosas, una especie de borrón y cuenta nueva que garantizara la desaparición de todos los problemas. Por eso le fascinaron desde joven las matemáticas, porque utiliza operaciones sin margen de error. El signo igual, por ejemplo, no deja espacio para la interpretación errónea. El primer tractatus es ese borrón a toda la sabiduría y a las ciencias.

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