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martes, marzo 13, 2007

El asunto Wittgenstein (III, 2)

Bárbara parecía cada vez más interesada. Reduje la marcha para contemplar su silueta con el gris de una almena que se levantaba al borde de la autopista para aislar el ruido de una población lindante.

- ¿Crees que lo consiguió? Digo iniciar la historia del conocimiento como si se tratara de un ordenador.
- En esencia sí. Ese fue su gran tribulación. Cuando acabó la guerra fue hecho prisionero al norte de Italia. Para entonces había concluido la obra de su vida con una frase que no tiene nada de enigmática: de lo que no se puede hablar, mejor es callarse. Pero el mundo no calló, más bien al contrario; tenía dificultades para publicarlo. Sus mentores –Russell y Frege- reconocían la importancia del libro pero no lograron entenderlo. El bueno de Wittgenstein, prisionero de guerra, deprimido y con dos condecoraciones al valor de un ejército derrotado, consideró que su vida no tenía sentido. Cuando fue por fin liberado trató de volver a Austria pero antes de llegar a Viena se bajó en una pequeña estación del Tirol y Dios sabe cuánto tiempo estuvo a la intemperie de una estación derruida. Lo encontró su tío Paul y tardó mucho en disuadirle de su determinación de quitarse la vida.
- ¿Qué hizo con él?
- Lo llevó a su casa familiar de Viena. Para entonces él ya había regalado parte de su fortuna a una fundación que distribuía pequeñas rentas a artistas famosos: Rilke, Trackl… No se impresionó en absoluto al comprobar que en aquel momento era el cabeza de familia de la familia más rica de Europa: su padre había intercambiado años después de la subida al poder de Hitler todos sus bienes muebles en bonos americanos. Sólo mandó hacerse una cabaña en Noruega, en las faldas del mismo fiordo en que había estado de vacaciones cuando estudiaba en Cambridge. Por lo demás se desatendió de todo y comenzó a estudiar para superar el examen de maestro. El tribunal no podía creerse que se trataba de un miembro de la familia Wittgenstein y mucho menos cuando Ludwig pidió su destino en un pequeño pueblo sombrío y aislado.
- Un genio multimillonario oculto en un pueblo de montañeses, peleando con las tablas de multiplicar. Suena romántico.
- Y también patético. Sólo tenía una ilusión, leer el evangelio a los niños y formarles en las buenas costumbres. Pero también se llevó consigo su autoexigencia y raro era el día que no daba una azotaina a alguno. Era inflexible con la hipocresía, pero tierno con la sencillez.
- ¿Y qué pasó mientras con el libro?
- Podría haber comprado todas las editoriales del país para publicarlo, pero no conseguía hacerlo por su propio mérito. Fue una dura prueba para él. Había acabado con los problemas del lenguaje con un método irrefutable, pero se veía a sí mismo como alguien miserable e indigno. Para acabar con todos los problemas del conocimiento ideó un sistema para encontrar la forma lógica que poseen en común la realidad y la mente, y eso le dejó agotado. Su cabeza sólo estaba en barbecho y pronto empezó a sentir de nuevo los barruntos de un cerebro que no se contiene a sí mismo.
- Me parece verosímil. Los genios son ignorados en su tiempo. ¿Quién fue el primero en reconocer su mérito?
- Russell, una eminencia entonces, tuvo que reconocer que el tractatus era algo fuera de lo común y convenció a la Universidad de Cambridge para que le readmitiera en calidad de fellow. Wittgenstein aceptó encantado y presentó el tractatus como tesis doctoral. Aunque no era muy ortodoxa en los formatos de ese tipo de investigaciones el libro muy pronto empezó a tener fama y a darse en todas las universidades europeas. El círculo de Viena lo adoptó como catecismo del positivismo lógico. Pero la fama siempre llega demasiado tarde. El propio Wittgenstein había comenzado a dudar de una de las grandes premisas sobre las que se apoyaba el tractatus. Y ya puedes imaginarte que un hombre tan pulcramente recto no dejó dominarse por sus logros y decidió quemar las naves.
- ¿Qué fallaba? – Bárbara preguntó antes de que pudiera acabar la frase.
- Te reirás. Fallaba que el color rojo no puede ser a la vez el color azul, o, en términos lógicos, que el significado no tiene por qué ser representativo de la realidad. Mientras era cada vez más nombrado en los círculos intelectuales, Wittgenstein hizo su maleta y se fue a Noruega a investigar hasta qué punto el tractatus estaba deshecho. De esa fecha es la cuartilla que te pertenece.
- Pues no parecía muy angustiado.
- Todo lo contrario. Como nunca entendió el éxito tampoco le afectaba el fracaso. El primer tractatus estaba en ruinas y cuando se retractó públicamente tampoco fue atendido. Ni el círculo de Viena, ni Russell, ni todos los docentes universitarios que lo habían adoptado como libro de texto aún sin entenderlo del todo, le hicieron caso. En algunas ocasiones hasta se trató de refutar al propio autor de sus correcciones al primer tractatus.
- ¿Qué pasó con la solución al problema del conocimiento?
- Se desdijo de ella. Wittgenstein se dedicó desde entonces a señalar los límites de la filosofía, a detectar errores conceptuales, malos planteamientos… Lo publicado hasta su muerte son lecciones y borradores de filosofía reconstructiva, tentativas y conatos, críticas y esbozos que ponen en su punto de mira el optimismo en las ciencias. También hay indicios que trató de sistematizar una especie de vademécum de su nueva visión en un segundo tractatus, pero nadie lo ha encontrado hasta ahora. Yo tampoco lo creía hasta vi la carta que le escribió a Eccles.

A setenta kilómetros de París cayó un aguacero. Seguí las instrucciones de Bárbara para entrar más rápido al barrio de St. Germain por el sur. Oscureció en un intervalo casi imperceptible dejándonos la estampa que yo siempre recordaba de París: los adoquines mojados reflejando luces amarillas y rojas y, sobre todo, los carteles luminosos de los comercios. A pesar del hambre me encontraba bien; sentía la paz que le suministraba a Bárbara mi seguridad. El boulevard St. Germain era un corredor de robles desnudos. Llegamos hasta el Sena hasta el puente de l’Alma. Aparcamos delante de una boulangerie y Bárbara se dirigió con paso rápido a un portal de piedra de tres metros de altura, una de esas fincas desproporcionadas de la alta burguesía decimonónica. El portero pareció mirarnos con la discreción de un espía, entramos en el ascensor y Bárbara pulsó el botón del ático.

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