Seguidores

viernes, marzo 02, 2007

El asunto Wittgenstein (II, y 6.)

El congresista Pierce descansaba en su habitación del hotel Sheraton en Londres. Había llegado hacía unas horas. Su oficina de prensa había anunciado que el Congresista viajaba al viejo continente para con una serie de encuentros y reuniones al más alto nivel para reforzar las alianzas transatlánticas tan maltrechas tras la última guerra. Pierce había salido de Washington tan pronto se le había anunciado el desastroso resultado de la misión. No sólo no habían conseguido el objetivo sino que tenían una baja en combate en una operación ilegal y no autorizada. Durante el viaje en el avión había tenido tiempo de pensar una estratagema de distracción y, aunque debería gastar alguno de los favores más importantes que tenía guardados hasta ese momento, no le quedaba otra solución. Pero las noticias que había recibido del Sargento Wheeler a su llegada a Londres habían sido peores. Con el dedo que había seccionado a uno de los cadáveres habían hecho una identificación positiva tanto de huellas dactilares como de ADN. El dedo pertenecía a un excombatiente de la Guerra de Bosnia incluido en la lista de fugitivos buscado por el tribunal internacional de la Haya. Y eso sólo podía significar una cosa. Las mafias del este también estaban detrás de los bonos Wittgenstein. Cómo habían llegado a saberlo daba igual. Tras la descomposición de la URSS muchos de los archivos secretos de la KGB habían acabado en los servicios de inteligencia de China, Yugoslavia y, en menor medida, Cuba. A Milosevich y a su élite de dirigentes les había dado tiempo de sobras para expoliar cuanto hubiera de valioso en las arcas del estado serbio. Tras la detención del presidente la CIA seguía buscando antiguos generales que todavía creían en su causa y que actuaban con impunidad gracias a la cobertura de países beligerantes de Norteamérica. Pierce se sentó con un leve suspiro. Sonó el teléfono.

- Señor, el señor Shephard ha venido a verle.
- Que pase, dijo incorporándose.

Tras un sobrio apretón de manos ambos se sentaron. Tony Shephard trató de disimular su miedo cruzando las piernas. Miró incomodado la botella de Cardhu situada junto al televisor.

- Mr. Tony Shephard, dijo el congresista. Permíteme que no te invite a beber nada. No me gusta lo que voy a decirte porque es mi cuello el que pende de un hilo. Pero las cosas pueden salir todavía muy bien. Desde el asunto Randford te pedí sólo una cosa: que controlaras a su hijo, al que consideraba, inocentemente, inofensivo. Me has fallado y no voy a pedirte explicaciones por eso. Se nos ha esfumado la única pista que teníamos. Pero es muy probable que seas la única persona en la que confía Paul Paltrow. Lo que te voy a pedir es tu máxima disponibilidad si la requiero. En la próxima semana quiero que estés dispuesto a viajar si hace falta.
- Sr. Pierce, si me es correcto decirlo así –contestó Shephard-, esto va más allá de lo que convenimos…
- ¿Sabe usted lo que es una guerra? -Pierce levantó la voz. Usted está en mi bando, y créame que es correcto decirlo así. ¿Quiere que el Sunday Times abra en exclusiva esta semana con una historia de extorsión y celos? ¿Recuerda que usted era y es el abogado de la familia Paltrow? Puede usted salir si lo desea.

El abogado se levantó tratando de no mirar frente a frente a Pierce. Un minuto después llamaron a la puerta. Era su ayudante: - Congresista, buenas noticias: alguien ha accedido al correo web de Paul Paltrow con su clave personal desde un PC público situado en el hall de un hotel de Montecarlo. No hemos podido acceder todavía al registro informático del hotel. El congresista le miró y le dijó: - Dile a los delta que vayan hacía allí, vestidos de civil y que... Su ayudante continuó interrumpiéndole: ..se limiten a localizarles y seguirles, le sonrió y añadió: .Ya lo he hecho señor. Están volando ahora en un Hércules que les llevará a la base de Aviano. De ahí se dirigirán en vehículos civiles hasta Montecarlo. Llegarán al amanecer. Hasta entonces no podemos hacer nada más, Señor. El congresista se incorporó para hacerse con su vaso de malta, se acercó a la ventana, y miró al Támesis. Sus pensamientos estaban ahora en el Sur de Francia. -¿Desea algo más Señor? Sin volverse dijó: -no, gracias, Peter, estoy cansado. Su ayudante se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, pero la voz del congresista que le llamaba le detuvo. Se volvió: -¿Si, señor? El congresista también se había vuelto y ahora le miraba directamente a los ojos: quédate, por favor.

No hay comentarios: