Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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lunes, febrero 26, 2007
El asunto Wittgenstein (II, 5)
Ignorantes de lo sucedido, Paul y Bárbara habían conducido todo el día y se detuvieron en Montecarlo a pasar la noche. Si bien no era el camino más corto para ir a París, Paul había insistido mucho en ir. Era uno de los pocos objetivos que le quedaban en la vida y que le apeteciera cumplir. Tomaron una habitación doble en un lujoso hotel que Paul pagó en efectivo y cuando se dispusieron a subir, ella le pidió subir primero sola para asearse. El se entretuvo en el Hall del hotel. Consultó el blog en la cafetería: los comentarios se actualizaban con más velocidad de la que él necesitaba para leerlos. Miró por encima los primeros diez y escribió: En busca del Tractatus. Miró la foto de su padre guardada en el perfil. Bárbara entraba en ese momento todavía con el pelo mojado. Le dijo que iba a hacer algunas compras y quedarían directamente en el restaurante Du Port. Paul se compró ropa nueva en la tienda Armani del hotel y subió a ducharse. Tras la cena fueron al Casino. Jugaron a la ruleta, pero cuando llevaba perdidos unos miles de euros Paul miró a Bárbara y de pronto sintió que ella le necesitaba, que necesitaba su protección. Un mes antes hubiera dejado sin dudar todo su dinero encima de aquella mesa, pero ahora por primera vez en seis meses sintió la calidez de afecto hacia otro ser humano, y presintió que debía guardar su dinero, pues le haría falta para protegerla. Cuando llegaron a la habitación ella fue al baño y Paul se desnudó y se arrojó sobre la cama. Desde el casino le había invadido una extraña paz interior. Había amado a su padre. Desde los tres años su padre acudía todas las noches a su habitación para leerle la obra de Tolkien antes de ser Tolkien. A los cinco años ya fabulaban con pasión sobre nuevas aventuras de la tierra Media y a los seis ya habría discutido con el propio Tolkien sobre los “otros” habitantes de la Región que no salían en sus novelas. De las desventuras de Bilbo pasaron a los presocráticos con la misma pasión. Cuando la desgracia se cernió sobre su vida, Paul estuvo al lado de su padre. No perdonó a su madre que le abandonara ni a su hermana que prefiriera irse con ella. El se quedó con su padre, escuchando sus interminables diatribas sobre el tractatus perdido, viendo cómo se apagaba su vitalidad con cada artículo rechazado y, desde los últimos meses, con cada solicitud de empleo devuelta hasta por escuelas públicas en pueblos perdidos del norte de Gales. Su padre aventuró el fracaso total de su vida cuando se vio en la obligación de vender algunas propiedades para poder pagar los estudios de Paul. Durante siglos su familia había transmitido el patrimonio integro de padres a hijos. Él no lo haría. Pronto sólo le quedó el piso de Hampstead que había adquirido cuando se casó. Nunca dejó de escribir ni de leerle a su hijo por las noches. Aún cuando Paul llegaba de madrugada su padre le esperaba despierto y se sentaba a la cabecera de la cama para leerle lo que había escrito ese día. La llegada de la web fue un rayo de esperanza en su vida. Por fin podía publicar de nuevo y los correos electrónicos que empezó a recibir de todos los lugares del mundo le demostraron que, aunque pocos, habían filósofos que aún creían en él. Paul odiaba a Wittgenstein. Odiaba lo que le había hecho a su padre. Le consideraba tan culpable como a los catedráticos que habían hundido su carrera. Cuando crearon su propio blog su padre ya no necesitaba a Paul para actulizar su página y su actividad se volvió más febril. Pero está ultima esperanza llegó tarde. Su salud se había deteriorado con la misma celeridad que sus carrera y un infartó se lo llevó en la víspera del día de todos los santos del año 2005. Aquel día Paul perdió a su padre, su mejor amigo y el único lazo sentimental que mantenía con una sociedad a la que odiaba por su avaricia, su hipocresía y su mezquindad. Esa noche había visto en los ojos de Bárbara el mismo ruego que había en los de su padre, incapaz de pedirle nada a su hijo pero tan pendiente de su ayuda como un niño, un hombre como él que nunca en su vida se había dedicado a ningún otro quehacer que no fuera leer o escribir. Bárbara le había dicho en silencio que le necesitaba. Y ese ruego silencioso le había devuelto la vida. Ahora sólo quería encontrar el tractatus para su padre y cuidar de ella. Ese sentimiento y las ocho horas de coche hizo que se durmiera plácidamente como hacia meses que no hacía. Cuando Bárbara salió de la ducha se acostó a su lado, y cuidando de no despertarle se abrazó a él.
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