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martes, marzo 20, 2007

El asunto Wittgenstein (III, 4)

En esos instantes el congresista aterrizaba con el Gulfstream G5 oficial en el aeropuerto de Orly confiado en ser el único en tener una información de primera mano sobre el asunto más importante de toda su vida y la de sus padres. Fue inmediatamente trasladado a un hangar del área restrictiva de la OTAN donde se encontraba el comando que dos días antes había partido de Aviano. Pierce sonrió en su interior al ver aparcado un boeing 787 Dreamliner . Wolf le habló hacía unas semanas de que estaba cansado de su Global Express (“un bólido de terrateniente sureño”). Si Wolf estaba allí habría conseguido traer a Tony Shepard, el abogado del pardillo wittgensteiniano, y podrían pensar en una estrategia un poco menos ruidosa que la anterior en España. Wolf era un ex-agente de la CIA que cayó en desgracia tras el intento de comprar unas elecciones en Liberia para evitar que el partido comunista se hiciera con el poder. La estúpida honradez de un funcionario de correos en el que Wolf confiaba y un periodista metomentodo del New York Times le hizo perder su empleo. A cambio de jurar en falso que se trataba de especular con intereses propios, fue readmitido como un agente inexistente en el staff al que le fueron encargando trabajos sucios de pequeña monta. Su eficacia le fue ganando el respeto de sus superiores hasta convertirse en un personaje autónomo al que se acudía por asuntos de extraordinaria urgencia. Desde entonces la fama le precedía entre el establishment de la alta política de Washington, aunque nadie sabía con seguridad cómo y dónde actuaba. Se creía que en una ocasión tuvo que acallar al sargent general del departamento de sanidad, Everly Koopet, cuando testificó en contra de las tabacaleras y la tolerancia de la cocaína. Su éxito le llevo a ganar la guerra del opio en un movimiento conjunto con el Foreign Office. En otra ocasión cuando la CIA se dio a la tarea de debilitar el movimiento sindical francés contrató a la mafia siciliana para romper huelgas y reclutar matones. En compensación por sus esfuerzos se le otorgó el reestablecer el comercio de heroína para sustituir a la famosa conexión francesa. Tras convenir con gobierno tailandés en que envenenara sus campos de opio y tras una lucha con un ejército secreto de mercenario en Laos y Vietnam desplazó sus actividades a Pakistán y Afganistán. A él se le ocurrió la idea de ahorrar en el transporte de drogas desde Nicaragua con los B-52 que suministraban armas al ejército de la contra. Tenía una manera de referirse a esos hechos como “conflictos de baja intensidad” o con eufemismos de ese tipo para referirse a una clase de actividades que necesitaban mucho dinero, operarios criminales y, en el caso de que saliera a la luz, una coartada, suficientemente golosa para la prensa. Qué caray, en ocasiones él mismo filtraba y vendía al mejor postor la noticia y eso irritaba sobremanera a sus superiores. La última gran victoria de Wolf fue el intento de comprar al Tribunal Internacional de La Haya presionando a los estados de los jueces miembros e interinos. El ex-agente ofreció pagar una parte de la deuda que EEUU tenia contraída con las Naciones Unidas pero La American Society of Internationl Law (“esos débiles y enfermos comunistas, mamones chupatintas folladores de universitarias”), se interpuso con una demanda que casi logra identificarle. “Si el tribunal no acata nuestras reglas que le den por el culo”, dijo antes de llamar al Secretario de Estado. Su seguro de vida seguía vigente mientras estuviera vivo el secretario de Estado Robert Daw, el apodado MisterProper de la administración Clinton. Cuando Daw empezó a hacer limpieza en las corruptas cúpulas de la CIA su nombre aparecía como un nexo inevitable de infinidad de tejemanejes fuera de la ley. Entonces Wolf se aplicó de lo lindo consiguiendo contratos millonarios para los turcos y, lo que era mejor, el voto favorable de Europa para entrar en Serbia (“bombardearla si es preciso hasta que el ratón salga de su ratonera”). Pero eso era lo poco que se sabía de él. Pierce había tratado con él por cuestiones domésticas en un asunto turbio relacionado con la compra de seguros de incendios para casas destinadas a los homeless. Respetaba su capacidad para hacer frente a las crisis y ahora la necesitaba más que nunca. Wolf desaconsejó al congresista hacer de nuevo uso de los delta. Debían adelantarse mandando una falsa pista para que cayera en sus manos, pero para eso necesitaban saber en qué punto de la búsqueda estaba el inglés y la puta. Poco les costó averiguar la dirección de un precioso ático que tenía ella en el centro; como si de un paseo turístico se tratase él, Shepard y Wolf cogieron un taxi y se dirigieron hacia la plaza del Alma. El plan consistía en que Shepard se hiciera el encontradizo con su viejo amigo y cliente con la esperanza de que pudiera averiguar algo.

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