Terence Collingwood y William Beck desembarcaron en Austerlitz como dos turistas. Su experiencia en este tipo de trabajos le confirmaba lo que habían leído en las praxis del despacho: la ingenuidad es la mejor manera de conseguir información; apariencia de inocencia que evita los compromisos y unos cuantos billetes de cien que sofocan las dudas y ayudan al confidente a decidirse. El verde es el color al que cualquier voluntad se doblega, sólo hay que adivinar la cantidad. La segunda lección era elegir el sitio adecuado para obternerla. La información fiable se encuentra siempre en los círculos semicerrados a los que hay que acceder a su vez por una módica cantidad. La información de la calle es la más cara si se compara con su falibilidad. Los dos lechuguinos se subieron a un taxi y se registraron en el Ritz con sus nombres auténticos. En la recepción les dieron el contacto de una profesional de 1000 euros la hora o fracción. La cita no podía tener lugar hasta las ocho de la tarde de manera que ambos esperaron en una sala de estar decorada al estilo napoleónico en la que un hombre canoso de unos cincuenta años tocaba en un piano de cola negro arpeggiones de Schubert. Pidieron un té verde y llamaron a Chapman para informarle del progreso de su operación. A las ocho menos diez un ujier alto les informó de que Monique se encontraba ya en la habitación 613, una contigua a la que les había asignado. Terence Collingwood resopló e imaginó la cara de autosatisfacción que pondría su padre, más allá del reproche, al ver dónde le habían llevado sus estudios de derecho en la escuela pública londinense. Su vocación de segundón le había dado réditos sobrados, bastaba dejar de lado determinado derechos por el privilegio de no ser reclamado por nada que turbara la paz del mediocre. Frente a Monique, pensaba, tampoco iba a fingir ninguna grandeza ni curiosidad. Ambos factores son multiplicadores del precio de la información. Señaló a Beck que se mantuviera en su habitación a la escucha del micrófono inalámbrico por si hiciera falta su ayuda y entró sin decisión en la habitación en que le esperaba la puta de lujo. - Monique? –preguntó con voz temblorosa. Una mujer de unos treinta años, bajita y con el pelo tintado en rojo cobalto, con grandes pechos y falda de cuero, las uñas pintadas de marfil, se despeinó con un gesto desabrido que indicaba que el tiempo que llevaba esperando formaría parte de la factura. Sacó de su bolso una ampollita de cocaína y se la ofreció al pasante que ya se había desabrochado los pantalones. Collingwood simuló contrariedad cuando probó con un dedo el polvo blanco. Monique conocía los paladares precipitados pero sibaritas. Era justo lo que necesitaba para que ella se creyera con cierta posición de poder. – Si quieres algo mejor, tendrás que pagar algo más. – Quiero la mejor, dijo titubeando. –
Puedes venirte a una fiesta privada conmigo ahora mismo, 600 por hora. Esta vez no lo dudó en absoluto, eso era una entrada directa a un banco de datos: – Vámonos, dijo subiéndose apresuradamente los pantalones. Cuando entraron en el ascensor Collingwood pudo ver la cara de su azorado compañero que salía de la habitación. Poco después de las doce y de un gasto no superior a los 3000 euros Collingwood caminaba por Montmartre (Clichy) con una pista bastante fiable: conoció a un ayudante del realizador de varias películas de Bárbara que se había ofrecido a presentarle en los estudios de producción bajo el pretexto de que estaba realizando una tesis doctoral sobre la pornografía como arte. En la misma fiesta privada concertó un almuerzo para el día siguiente con Carlo Ferrara quien no tuvo inconveniente, un auténtico gilipollas, en ofrecer su exquisito gusto en la selección de primeros planos y elevarlo “a un plano teórico-estético”.
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