
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha sido un ávido devorador de historias. Ya en época troglodita, la tribu esperaba con exacerbada ansia el momento de la puesta del sol, cuando se encendían grandes fuegos a orillas de los cuales los más viejos y sabios miembros del clan, iluminados por el fulgor de la hoguera ancestral, deleitaban, sorprendían, atemorizaban, divertían u horrorizaban al resto de paleolíticos escuchantes con antíquisimos relatos, reales o inventados, mil veces repetidos desde la noche de los tiempos. Y así fue durante milenios. Pero en algunas y raras ocasiones, en pleno éxtasis expositivo, alguien, en un susurro que helaba la sangre del resto de perplejos cavernícolas, adelantaba los acontecimientos o, peor todavía, el final de la sagrada narración. Estigmatizados para el resto de sus días, estos primitivos delatores, eran apartados, en el mejor de los casos, de la comunidad, o, simplemente, abandonados en desiertas estepas algún helado plenilunio para rendir cuenta de su sacrílego acto ante bestias inimaginables para el hombre contemporáneo.
En la actualidad ya no encendemos hogueras pero seguimos escuchando historias con la misma atención que demostraban nuestros prognatos y cejijuntos antepasados. Incluso hoy, podemos encontrar a los descendientes de aquellos iluminados que rompían con sus proféticas manifestaciones la magia de la velada invernal. Son rarísimos estos ejemplares, pero están entre nosotros acechando, esperando su oportunidad con maniaca obsesión. Yo mismo he sido testigo de su existencia. Aún recuerdo con convulsa emoción aquella inusualmente desaplacible tarde del mes de marzo de 1999. Paul Paltrow y yo, como de costumbre, entramos en el cine con precavido adelanto. Durante la espera, comentamos con entusiasmo el inicio del juicio contra Bill Clinton, los últimos mates de Michael Jordan y el enésimo recorte de producción por parte de la OPEP. Nada hacía presagiar la tragedia. La película empezó puntual y casi inmediatamente absorbió nuestra atención. ¡Qué buena! ¡Qué buena! repetía para mí a medida que avanzaban las escenas. De repente, sucedió algo que me distrajo: una sombra se desplazaba ágil por el pasillo lateral situado tres butacas a mi izquierda. El padre de Samuel iba a apagar la calefacción. Lo hizo con estudiado disimulo, haciendo ver que miraba la película mientras con las manos cruzadas en la espalda accionaba el botón de OFF. Me enganché de nuevo a la película, de manera inmediata. Nada iba a estropearme la sesión. A los pocos minutos, Paul Paltrow empezó a revolverse en su butaca, como si algo lo inquietara sobremanera o como si se sintiese repentinamente mal. Me incliné hacia él para preguntarle por la razón de su malestar. Él hizo lo mismo y nuestras cabezas se encontraron en la densa oscuridad de la sala. Acerqué mi oído derecho a su cara y entonces sucedió: “Bruce Willis está muerto”. Me quedé petrificado. No sólo lo había dicho, sino que lo había dicho a los veinte minutos de película. Al instante comprendí la verdadera naturaleza de Paul: sí, era un elegido. Aleluya. Intuí, al mismo tiempo, que aquella no sería la primera vez que iba a utilizar su, llamémosla de esta manera, sobrenatural habilidad. Y así fue.
Paul Paltrow, sé que me estás escuchando, tienes un don, utilízalo para hacer el bien. Te lo ruego.
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