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martes, septiembre 25, 2007

La Quinta como droga

De la mano de un diálogo quintaesenciado entre dos violines se rarifica una gota de música transparente a la que un tiralíneas va dirigiendo suaves hilos hasta notar que me ahogo de un placer reprimido y profundo, mi corazón en un puño se encoge sin poder atender a un tercer violín que no quiere sustraerse a la cadencia calculando exactamente el momento en que vas a ser salvado por dos alegres bajos: risueños insinúan el canto que aquellos escondían, pero se avergüenzan ante la entrada de un nuevo violín suave, muy suave, que vuelve a serenar esa agitación inicial; pero, oh, se amilana, se extraña, dónde está la forma, dónde el orden, dónde aquella conspiración de céfiros sutiles? Se acabó. La pasión es un dominio insobornable, no puede mostrarse la belleza sin olvidar su tumulto, su fuerza: una trompetas acometen una incursión desconcertante, mi alma tiembla, el huracán de la locura que se desborda, que aniquila, y, oh, otra vez, te mira, y te recoge: el maravilloso diálogo del comienzo ahora se entretiene sin miramientos y se adorna de tambores y amenazas: un torbellino de trompetas cierran una entrada rápida y salvaje, pero el diálogo quiere pervivir más lento, más tenue, ya no se oye, sólo es un estertor, el nuevo soplo balbucea con tal fuerza reprimida que mi cerebro solo puede simplificar cuanto siente olvidándose de sí para no quebrarse, y en seguida, los oigo entrar: cien chelos, junto con sus bajos, ya no cómplices de la quietud sino de una tonalidad que ruge desde el estómago y el vientre: un huracán de orgullo que anula para siempre al sencillo orden y se eleva arriba, arriba, más, más, y lo hace arrodillarse ante él, y permanece en las alturas, la gloria, la luz!! Arriba, la frente de Brahms!!!

1 comentario:

Paul Paltrow dijo...

joodeeeeeeeeeeeeer.