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martes, diciembre 04, 2007

El cuaderno azul (20)

En el imaginario occidental Dios suele entenderse como un ser extremadamente bueno hasta la inocencia, como si pudiera escandalizarse de nuestra maldad, austero y poco imaginativo, paciente y nada ambicioso, casi mediocre. Se podría decir que se trata de un concepto que casi resbala, se desliza, sin dejar huella, en la historia o en el concurso de tramas que la conforman: no genera sensaciones, no trae consecuencias; digamos que se trata de una instancia regulativa, pero no constitutiva de la cultura o de las biografías, y, en todo caso, un fácil salvamento para una explicación coherente del mundo según el modelo cristiano e incluso una ayuda para la ética, un anexo reutilizable para psicólogos, “tanatólogos” o “desastrólogos”, todos ellos casos minimizados del “Dios está con nosotros” que han ayudado a tantas causas bélicas civilizatorias, incluyendo a la nacional-socialista. En fin, el buen Dios ahora se halla en todas partes secularizado en la sociedad de bien-estar desde que primero los judíos anti-sionistas inventaran un socialismo judío para todas las razas y pan-territorial y los cristianos inyectaran en él el concepto de igualdad y solidaridad. Pero cómo afectaría a nuestra auto-conciencia un Dios bromista, amante de las tramas cómicas, que se aburre con nuestras plegarias y con tanto papeleo, un Dios que no quiere ni ha sido nunca coherente porque está más allá de nuestra lógica, un Dios que no habita en nuestros templos sino en las cárceles, en los hospitales, en las estaciones de los metros de las grandes ciudades en invierno, un Dios caótico, malabarista, fonambulista, burlón, tan cerca del que sufre como del torturador, tan cerca del vejado como del traficante, tan cerca del que se rompe en lágrimas por estar vivo como del que ama y peca, y tan lejos del varón del chándal, que se duele al leer las noticias y se pregunta: ¿cómo ha podido llegar la gente a hacer algo así?

El precio que hay que pagar por pensar es la sensación de estar siempre en búsqueda y examinar minuciosamente las señales que puedan dar falsas esperanzas. La primera ventaja es que el encuentro con una verdadera señal es un norte verdadero que orienta todo lo visto hasta entonces como un puzzle.

Wittgenstein dice que si se conociera de verdad no se atrevería a hablar. Por eso las porciones de revelación del autoengaño se nos dan siempre en pequeñas dosis.

El dulce junio: siempre llega de la misma forma, con una felicidad regalada, como una droga que te hace olvidar la tempestad del abril cruel.

El canto de los pájaros son como un relato; un poema que te sugiera seguir escuchando.

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