El creía que mientras no pudiera formularse no podría decirse qué tipo de mentira le tenía encadenado. Le parecía un atrevimiento que esa moira, esa carga que no podía compartir con nadie porque apenas podía articular, se tratara de algo benigno. Acaso algo bueno bueno podía apresar de ese modo, prometer para decepcionar y desmerecer? No eran todas esas pequeñas pruebas nada más que ensayos de la gran obra general de su vida en la que se le arrancaría el corazón con todas sus posesiones a cambio esa turbación que conocía tan bien elevada exponencialmente a una millonésima parte? Cómo podría pensar de otro modo? De ese modo ni un mundo cruel o anómico, ni una vida penosa tuvieron que ver en fabricar un solo barrote de una cárcel hermética e infranqueable: bastó con un cuadrilátero hecho de tiza sobre el firme hecho por él mismo tal como realmente hizo. La frontera no estaba constituida por lo mío y lo extraño, lo controlable y lo imprevisible. No se trataba de una patología del comportamiento. La línea dividía la vida y la muerte, el oxígeno y el veneno, la expansión y la asfixia; con la desgraciada circunstancia de que la línea no iba en aumento sino disminuyendo llegando en ocasiones a sobrepasar los límites de su propio cuerpo. Cuando lo hacía por su mente debía buscar refugio en el contacto de su mano con el corazón, o cuando lo notaba subir por sus pies fríos debía concetrar toda su energía vital en su cerebro, como si su identidad pudiera residir en su cortex.
Una mañana se levantó. Se lavó los dientes. Se sentó sobre la cabecera de la cama. Sin prisas, lentamente, como si estuviera leyendo, dijo en voz alta cuál sería el propósito de su vida.
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