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lunes, marzo 16, 2009

El yo dividido (9)

Las matemáticas se me hacen un quebradero en esas situaciones. Escriben frente a mí el teorema de identidad más básico, con letras mayúsculas "A es igual que A". Trato de imaginarme una carretera, la más simple que me lleve de una letra a otra. Y algo se interpone en mi camino. Reniego. Y vuelvo a empezar: "A es igual que A". Y el signo igual no hace permite casar los extremos. Toda su clarividencia se oscurece. Me cojo fuerte a los asideros de mi cómoda y una música ligera conculca toda identidad y toda explicación. Por fin, pienso, la evidencia no quiere valerse por sí misma, cojea y se tropieza, y mejor es dejar que caiga como un esquiador principiante. Saber cómo ha quedado. Trato de atender al resultado para dar a esta pobre gente algo que llevarse a la boca. Pero es como si tratara de ver mi espalda. Las tardes comienzan con un café, un puro habano y con las exposiciones. Prefiero comenzar siempre con las tablas de isobaras. A veces miro al cielo, pero me conformo con contemplar las altas y bajas presiones y el índice de los vientos para predecir meteorología. Para ello necesito dos o tres segundos de impás entre los mapas y allí está, el plano de mañana. Los astros también hablan de una forma más formal pero indudable. Son mi pequeño secreto; para nada quiero hablar a todos estos especialistas de desolación y de lo que traerá consigo. ¿No les basta con escuchar a Brahms?

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