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lunes, mayo 11, 2009

El asunto Wittgenstein (III, 5)

Mucho antes de que el senador en persona y Shephard se acercaran al centro, el ático estaba siendo vigilado por dos agentes de paisano, ambos con sus tres cuartos marinero, apoyados sobre la barandilla de piedra que circuvala el sena. En el interior del ático Paltrow se hundía en una oleada de pesimismo mientras hojeaba una edición primera de d'Alembert. Las únicas razonas que avalaban la existencia del segundo Tractatus eran, por un lado, una intuición de su padre sobre la trayectoria del cambio de vida de Wittgenstein en contra de la opinión académica y, ahora, un pedazo de carta de la que no tenía completa seguridad de su autenticidad. ¿Por qué no dejarlo todo como estaba y no introducir en el torrente de dudas que le asolaba a Bárbara? ¿Por qué no vivir con ella allí, en París, olvidando todo su pasado como ya hizo en su huida de su antigua vida? Pero entonces acudían a su mente las palabras del propio Wittgenstein que su padre le repetía con frecuencia: la lógica y el deber son una y la misma cosa. ¿Por qué el pensador austriaco iba a retractarse de un libro que marcó las coordenadas del círculo de Viena, del pensamiento científico, de lo que puede y no puede ser dicho o pensado? ¿Por qué un hombre con una cabeza portentosa que zanja con unos aforismos el problema de la filosofía deja la Universidad y se oculta primero en una cabaña en un fiordo perdido de Noruega y más tarde en los encrespados acantilados de Irlanda? ¿Por qué sus albaceas no contestan más que con generalidades las preguntas acerca de lo que pensaba el hombre que cambió el rumbo de la filosofía? Nadie cambia su vida por un motivo intelectual, pero sí un loco ocupado por un pensamiento desbordante. Sí una luz tan brillante que es ensombrecida por la sospecha de que todo desde el principio estaba mal planteado. Según el primer Tractatus los límites de lo representable, de lo decible, de lo concebible habían quedado establecidos con una exactitud deslumbrante: no se trataba de simple lógica matemática, se trataba de una fuerza arrolladora que podía llevar a la hoguera no sólo los libros de metafísica y de ética, de teología o lingüística; podía derribar de un zarpazo el derecho y su fundamento, las leyes y la legitimación del poder político, la pedagogía en todas sus formas y la psicología: todo bajo un prisma nuevo del que surgiría un nuevo humanismo. El final del saber que iniciaron los griegos y sobre los que descansa la civilización, el orden que divide verdad y mentira, sagrado y sacrílego, correcto e incorrecto. Tantas veces había visto a su padre fantasear sobre un segundo tractatus que descubría el pequeño resquicio que el primero daba por supuesto y que lo hacía caer como un castillo de naipes. Un libro tan sagrado que jamás se atrevió a darle luz pública por considerarlo peligroso o inviolable. Una fórmula que daba las claves para la corrección de cualquier modo de representación, desde el arte hasta el buen gusto, una nueva descripción del ser humano cuya lectura dotara a la humanidad de una guía para la acción, para el cuidado, para la paz. Una fórmula propedéutica diseñada para la educación de un nuevo ser humano cuyo contenido podría erradicar el malentendido que se extiende entre los pueblos y en la vida de los hombres. Responder a la pregunta por el origen del mal y del misterio del desorden; sí ese era el contenido del segundo Tractatus, por qué ocultarlo, por qué no publicarlo y enviarlo a sus discípulos en una maleta? Tal vez la iluminación fue de tal envergadura que su mente se vió obligada a deshacerse del escrito y, consumido, exhausto, se retiró un exilio voluntario no queriendo admitir su autoría. Todo eso confundía a Paltrow y le atormentaba. Observaba las gotas que aún se escurrían por los cristales, hasta que la voz de Bárbara al teléfono le hicieron volver al presente:
- Paul, me gustaría presentarte a un amigo. -Silencio. Y otra vez con una dulzura que hasta ahora no había detectado: cuanto antes, esta misma noche; sí, donde siempre.
Paul se sumergió de nuevo en sus pensamientos: y si todo fuera en verdad un delirio de su padre y de aquel cabrón lumbreras; o, por el contrario, y si la fórmula estuviera tan clara que no existiera como tal, como algo explicacable y totalmente comprensible sino como algo que exigiera una atenta observación? Algo como un código encriptado cuya solución resultara inacabable. Eso explicaría el retiro y el silencio y el hecho de que reconociera que el problema de los problemas estaba resuelto antes de cuestionarlo. Si la realidad no tenía un velo en la que se ocultase más que el nosotros le imponíamos, la fórmula secreta tendría que ver con el modo no de hacerlo traslúcido, sino con el modo de rasgarlo o de llevarlo a su propia opacidad de manera que se refutara a sí mimo, que desvelara su propia superficialidad. Tal vez el hecho de poseer esa verdad tenía el precio de hacerla incomunicable, como si sólo pudiera mostrarse como un guiño o con un codazo de complicidad. Tal vez, los conocedores del secreto se introducían en un camino de docta ignorancia de la que no obtenían resultados ni deseaban expresarlos. Si así fuera ¿qué sentido tenía buscarla si no podía expresarse? Una solución de un problema que no tenía conclusiones, una resolución que superaba la lógica y el lenguaje convencional y científico, una puerta trasera del cerebro que se unía con todos los secretos del corazón humano, un descubrimiento que sólo podría vivirse, una luz en el oscuro haz de los sentimientos y el humor, de las emociones y las pasiones, que reinventara al yo y a la raíz de la infelicidad o el conflicto. Aunque ni siquiera se trate de eso, pensó Paltrow, lo haré por el honor de mi padre mientras notó los pasos de Bárbara tras de sí:
- Esta noche cenamos con nuestro hombre, dijo. Paltrow alejó su vista de la ventana y no pudo disimular fijarse en su melena.
- ¿Cómo se llama nuestro librero?, preguntó.
- Un americano que lleva aquí desde su juventud, un apasionado de los libros: Paul Auster, contestó Bárbara.

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