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domingo, mayo 10, 2009

Sobre la bondad de los accidentes y la falacia de la intimidad

Un error corriente consiste en pensar que el plan formado o incluso soñado en nuestro interior pertenece enclaustrado dentro de las fronteras de la intimidad, como si nos imagináramos a nosotros mismos como sujetos que desenvuelven su acción con más o menos astucia o fortuna. Pensamos en esta última como un factor azaroso con el que no podemos contar más que como un añadido superfluo a la actividad que debemos minimizar al máximo si ha de concurrir negativamente o que se tome como un plus de lo ya contado en caso de que lo haga positivamente. Tal error puede convertirse en un hábito de manera que el actor llegue a ser incapaz de notar su presencia o llegue incluso a despreciar esa especie de suerte mágica que se inmiscuye entre las causas y los efectos de las acciones. Es entonces cuando "uno" no tiene nada que contar de extraordinario hasta el punto de que el recorrer de los días puede llegar a convertirse en algo que podía haberle sucedido a "otro" hasta llegar a tomar conciencia de que el protagonista deja de ser él mismo para convertirse a lo podría hacer "cualquiera". El cuadro de despersonalización se acentúa en una patología que entierra bajo pretextos más o menos bien argumentados la originalidad a la que está llamada según la vieja filosofía griega todo hombre libre. La paradoja reside, por una parte, en que lo que se definía como interioridad férrea de la que surgen los planes tratando de evitar los acontecimientos incómodos para su consecución, llega a uniformarse, sin que el sujeto lo advierta, con todos los que adoptan tal actitud. Las razones, los motivos, las emociones, se igualan hasta tal punto que se hacen indiscernibles. Torsos sin rostro, en expresión de Lewis, vidas intercambiables, días previsibles, tan carentes de interés como las diapositivas comentadas por los recién casados de su luna de miel. Darle a la fortuna un valor opcional que cualitativamente no se le permita cambiar el orden de las cosas para salvar la autoría de nuestros proyectos a salvo de lo exterior trae consigo precisamente lo contrario: intimidades pobres o evasivas, demasiado aburridas de sí mismas y desilusionadas de su propio éxito. Se echa el cerrojo al asombro o se desmitifica la sorpresa, se minusvalora al confiado y sonriente como ingenuo o incluso como loco, se deniega cualquier poder al milagro y a lo sumo se encierra a la suerte y al azar en los límites del juego de manera que no puede atravesar la "forma normal de mirar las cosas". Se detiene a la excentricidad en la línea de lo gracioso, y se confunde la gracia como mucho como un descanso al serio trabajo de vivir. No es extraño entonces que se tome el término accidente o el tropiezo como algo que no debería haber pasado y que nunca debería ocurrir. De entre las virtudes de nuestros hombres sin rostro destaca la imperturbable creencia en autoafirmarse en su pasado, cargando consigo el serio protagonismo de una vida "de la que nada se arrepiente". Asume su culpabilidad hasta tal punto que es incapaz de reconocer hasta qué punto ha sido agraciado o empujado en todas direcciones, hasta qué punto la fuerza con la que ha tenido que luchar para mantenerse en pie ha sido tantas veces soportada por un hilo frágil y movedizo. Quien no tiene nada que contar está diciendo la mayoría de veces la verdad porque se mueve dentro del campo uniforme con el que se ha parapetado frente al milagro. La cobardía iguala y desconfía de la libertad abandonándola en el territorio de "lo que no cuenta". El riesgo que exige esta última trae sin embargo la autoría de actos únicos que muchos calificarán como excéntricos pero que por lo menos pueden ser narrados como verdaderas historias cuyo final se va definiendo sin una total seguridad de éxito pero con la esperanza de que lo nuevo o lo milagroso pueden cambiar el sentido a toda la historia porque de alguna manera ya estaba presente en la acción que ha eludido el programa que despreció la variable del azar.

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