
Un hombre bueno o normal llamado Mark-Alem entra a formar parte del aparato burocrático de un estado gobernado por el Visir. Su amigo Kurt le introduce en los engranajes: -Al margen de eso, en mi opinión, es la institución más absurda del Imperio -dijo. - Sería aburda en un mundo lógico -afirmó Kurt pero en este mundo nuestro a mí me parece de lo más normal (p. 70). Pronto revela a su amigo la facilidad de su trabajo en la organización del pueblo al mismo tiempo que le confiesa sentirse separado de él: - También nosotros deberíamos escucharlos a ellos -respondió Kurt.- ¡Pero si tú mismo has dicho que guardan silencio sobre nosotros! - Escucharemos su silencio (p. 77). La separación del mundo se instala en su corazón hasta el punto de dejar de sentirse de su propia familia: Con el rabillo del ojo observaba el perfil demacrado de su hijo. ¿Cómo lograría orientarle en aquel caos de sueños, entre aquellas madejas de brumas oníricas, entre el delirio y los confines de la muerte? ¿Cómo había consetido ella que se metiera en semejante infierno? (p. 80). Su laboriosidad le hace subir escalones sin pretenderlo: Por lo demás así sucedía siempre: cuando lo requerían, era sin excepción por causa de algo que nunca había imaginado (p. 82). El trabajo le esprime hasta dejar de sentir: Mark-Alem salió empujando con aire ausente la puerta sobre la que los ojos del funcionario ya habían quedado inmóviles (p. 86). Cuando empieza a codearse con los altos funcionarios su ambición no queda colmada, ha llegado al mundo en donde se olvida todo lo que le puede hacerse sentir vivo a un hombre: A fin de cuentas no eran más que pálidas copias de los de allí, que habían logrado franquear la línea divisoria entre este mundo y el otro. Infierno y paraíso están juntos allí, se decían cuantas veces escuchaba las palabras que marabillaba o el horror (p. 137). La desorientación se hace tan intensa que se conculca a sí misma: Tanto más cuanto que no existía una frontera precisa entre los sueños y la realidad sino que todo en aquella locura, el relieve, la meteorología, los acontecimientos, los testimonios, se hallaban mezclados (...). Y de nuevo charcos inmensos de sangre, y el verano y el invierno y las estaciones mezcladas unas con otras y sobre la llanura simultáneamente la lluvia y el sol, la nieve y el verdor, las flores y la desolación invernal a un tiempo (p. 166). Cuando su intachable trabajo le lleva a despachar directamente con el Visir -la figura que cohesiona y da sentido a todo su universo- no encuentra más que el gris deshilvanado de su no vivir: Los ojos del Visir tenían algo en comón con los cristales rotos, sapicados por el salón (p. 192). En palacio revisa día a día el resumen de la ejecución de las órdenes de estado, hasta que un día al cerrar el grueso del cartapacio, le pareció que se separaba de un huerto interminable preñado de verdor y de rocío, entre los que resultaba de todo punto inconcebible que se hubiese escondido una vívora (p. 224).
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