¿Quid aeternis minorem
consiliis animum fatigas?
["¿Para qué fatigas el espíritu débil
con proyectos eternos?"
(II, Oda, 11 y 12)]
Este desprecio tan común está determinado por la inevitable ilusión óptica de los ojos del espíritu, que nos hace aparecer la vida como infinita o como muy corta, según la veamos a la entrada o al término de nuestra carrera. Esta ilusión tiene, sin embargo, su lado bueno; sin ella, no produciríamos nada grande.
Pero nos ocurre, por lo general, en la vida, lo que le sucede al viajero: a medida que avanza, los objetos toman formas distintas de las que ostentaban de lejos, y se modifican, por decirlo así, a medida que uno se aproxima a ellos. Ocurre así principalmente con nuestros deseos. Muchas veces encontramos una cosa, a veces mejor de lo que buscábamos; a veces también lo que buscamos lo encontramos por un camino completamente distinto del que inútilmente hemos seguido hasta ahora. Otras veces, allí donde pensábamos encontrar placer, una felicidad, una alegría se nos presenta una enseñanza, una explicación, un conocimiento, es decir, un bien durable y real en lugar de un bien pasajero y engañoso. (...) Los hombres superiores y nobles perciben pronto esta enseñanza del destino y se prestan a ella con sumisión y gratitud; comprenden que en este mundo se puede encontrar la instrucción, pero no la felicidad; se habitúan a cambiar esperanzas por conocimientos; se contentan y dicen finalmente con Petrarca:
consiliis animum fatigas?
["¿Para qué fatigas el espíritu débil
con proyectos eternos?"
(II, Oda, 11 y 12)]
Este desprecio tan común está determinado por la inevitable ilusión óptica de los ojos del espíritu, que nos hace aparecer la vida como infinita o como muy corta, según la veamos a la entrada o al término de nuestra carrera. Esta ilusión tiene, sin embargo, su lado bueno; sin ella, no produciríamos nada grande.
Pero nos ocurre, por lo general, en la vida, lo que le sucede al viajero: a medida que avanza, los objetos toman formas distintas de las que ostentaban de lejos, y se modifican, por decirlo así, a medida que uno se aproxima a ellos. Ocurre así principalmente con nuestros deseos. Muchas veces encontramos una cosa, a veces mejor de lo que buscábamos; a veces también lo que buscamos lo encontramos por un camino completamente distinto del que inútilmente hemos seguido hasta ahora. Otras veces, allí donde pensábamos encontrar placer, una felicidad, una alegría se nos presenta una enseñanza, una explicación, un conocimiento, es decir, un bien durable y real en lugar de un bien pasajero y engañoso. (...) Los hombres superiores y nobles perciben pronto esta enseñanza del destino y se prestan a ella con sumisión y gratitud; comprenden que en este mundo se puede encontrar la instrucción, pero no la felicidad; se habitúan a cambiar esperanzas por conocimientos; se contentan y dicen finalmente con Petrarca:
"Altro diletto che'mparar, non provo"
[Otro amado que no trato de amparar]
[Otro amado que no trato de amparar]
Hasta pueden llegar a no seguir sus deseos y sus aspiraciones más que en apariencia, por decirlo así, y como una broma, mientras que en realidad y en la seriedad de su fuero interno, no esperan sino la instrucción, lo que les reviste entonces de un tinte de contemplación, genial y elevado. En este sentido se puede decir también que ocurre con nosotros como con los alquimistas, que mientras buscaban oro han inventado la pólvora, la porcelana, medicamentos y hasta leyes naturales" (Shopenhauer, Arte del buen vivir, V, 3).
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