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sábado, junio 13, 2009

Beatitas aedificenda conformatio non est

"Hay que guardarse de fundar la felicidad de la vida en una base ancha, elevando numerosas pretensiones a la felicidad; establecido sobre tal fundamento se desmorona más fácilmente, porque entonces da origen infaliblemente a más desastres. Con el edificio de la felicidad ocurre en este respecto lo contrario que con todos los demás, que son tanto más sólidos cuanto más ancha es la base. (...) En general, es una locura de las mayores y de las más divulgadas difundir, de cualquier manera que sea, vastas disposiciones para la vida. Porque, primero, para hacerlo se cuenta con la vida de hombre plena e íntegra, a la cual llegan pocas personas. Además, aun cuando se viviese una existencia tan larga, no se dejaría de comprender que es demasiado corta para los planes concebidos; su ejecución reclama siempre más tiempo de lo que se suponía; está además expuesta, como todas las cosas humanas, a tantos fracasos y a tantos obstáculos de cualquier naturaleza, que rara vez se los puede llevar a término. Finalmente, aun cuando se hubiese logrado todo, se observa que se ha desdeñado tener en cuenta modificaciones que el tiempo produce en nosotros mismos; no se ha reflexionado que, para crear como para gozar, nuestras facultades no permanecen inalterables en la vida entera. Resulta de ahí que trabajamos a menudo por adquirir cosas que, una vez obtenidas, no están a nuestra altura; sucede también que nos empleamos en los trabajos preparatorios de una obra algunos años, que en el ínterin nos quitan insensiblemente las fuerzas necesarias para su conclusión. Del mismo modo, algunas riquezas obtenidas a costa de grandes fatigas y de numerosos peligros, no pueden a veces servirnos más, y encontramos que hemos trabajado para los demás; resulta también de aquí que no estamos en estado de ocupar un puesto logrado por último, después de haberlo perseguido y ambicionado durante largos años. Las cosas han llegado demasiado tarde para nosotros, o al contrario, somos nosotros los que hemos llegado demasiado tarde para las cosas (...). Todo lo expuesto lo ha tenido en cuenta Horacio en los versos siguientes:

¿Quid aeternis minorem
consiliis animum fatigas?
["¿Para qué fatigas el espíritu débil
con proyectos eternos?"
(II, Oda, 11 y 12)]


Este desprecio tan común está determinado por la inevitable ilusión óptica de los ojos del espíritu, que nos hace aparecer la vida como infinita o como muy corta, según la veamos a la entrada o al término de nuestra carrera. Esta ilusión tiene, sin embargo, su lado bueno; sin ella, no produciríamos nada grande.
Pero nos ocurre, por lo general, en la vida, lo que le sucede al viajero: a medida que avanza, los objetos toman formas distintas de las que ostentaban de lejos, y se modifican, por decirlo así, a medida que uno se aproxima a ellos. Ocurre así principalmente con nuestros deseos. Muchas veces encontramos una cosa, a veces mejor de lo que buscábamos; a veces también lo que buscamos lo encontramos por un camino completamente distinto del que inútilmente hemos seguido hasta ahora. Otras veces, allí donde pensábamos encontrar placer, una felicidad, una alegría se nos presenta una enseñanza, una explicación, un conocimiento, es decir, un bien durable y real en lugar de un bien pasajero y engañoso. (...) Los hombres superiores y nobles perciben pronto esta enseñanza del destino y se prestan a ella con sumisión y gratitud; comprenden que en este mundo se puede encontrar la instrucción, pero no la felicidad; se habitúan a cambiar esperanzas por conocimientos; se contentan y dicen finalmente con Petrarca:

"Altro diletto che'mparar, non provo"
[Otro amado que no trato de amparar]

Hasta pueden llegar a no seguir sus deseos y sus aspiraciones más que en apariencia, por decirlo así, y como una broma, mientras que en realidad y en la seriedad de su fuero interno, no esperan sino la instrucción, lo que les reviste entonces de un tinte de contemplación, genial y elevado. En este sentido se puede decir también que ocurre con nosotros como con los alquimistas, que mientras buscaban oro han inventado la pólvora, la porcelana, medicamentos y hasta leyes naturales" (Shopenhauer, Arte del buen vivir, V, 3).

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