Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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domingo, junio 14, 2009
El yo dividido (15)
Hace ya dos semanas que no me siento a ver las noticias tras la comida por un nuevo cóctel que me han preparado para apaciguar un violento espasmo que me postró, cayendo en redondo como un cuerpo sin vida, y en el que tuve un sueño. Jamás había presenciado con tanta claridad y en tercera persona un conglomerado de narraciones llenas de un candor cálido que me embargaron por completo. En uno de ellos un niño que paseaba por el parque con su madre se distrajo un segundo y vió cómo el globo rojo que se había asegurado en la muñeca subía hasta las nubes hasta perderse. Mientras que un simple plástico con helio atrapado se alejaba libre pude sentir en mis huesos la sorpresa del niño que seguía con su mirada al globo y su impenetrable sensación de frustración. Pero, en cuestión de segundos, el niño se vió a sí mismo unido a su globo y sintió la humedad fría de las nubes mientras el parque, luego la ciudad, y el mundo se miniaturizaban y se convertían en un nuevo juguete. En unos segundos las lágrimas contenidas cristalizaron en una sinfonía de millones de voces que se dispersaban y se reunían. El mundo entero en versión polifónica. Nunca había escuchado algo tan bello y aquellas notas me embargaron, me envolvieron y hasta llegaron a atemorizarme. Desperté ligero y asustado. Yacía en el pasillo rodeado de médicos y enfermeras. Me incorporaron para llevarme a la cama. Escuché que no había estado en el suelo más de un minuto. "Si Dios existe tiene que ver con eso", me decía mientras me tomaban la tensión y me administraban un sedante. "Jamás hablaré de esto con ninguno de esos matasanos", me repetía a mí mismo. "¿Cómo podrían tomar en sus notas, para empezar, y cómo podía explicar aquella melodía?". Aquello se iría conmigo a la tumba, me decía. En ese momento no sabía hasta qué punto me equivocaba porque al poco tiempo empecé a reconocer en hechos aislados, un titular de un periódico, un susurro de las señoras de la limpieza, y hasta en la pregunta inquisidora de algún médico, en cada uno de ellos veía de inmediato una misma historia en la que se insinuaban finales funestos o cómo iban a acontecer las cosas. Todo esquematizado como el cauce de un río, todos aleteando bajo una misma rúbrica a la que podía seguir como en un surco que no tenía final. Al principio aquello empezó a divertirme y absoverme en la labor de representar lo que veía con símbolos y garabatos que se unían y dispersaban sobre un círculo virtual, un arco que no podía cerrarse nunca por el entramado de sus ramificaciones. Empecé a necesitar más papel hasta que toda la pared de mi habitación quedóa anegada de dinaunos pegados con celo. Necesitaba seguir. Me sugerieron fotografiar el resultado y continuar mi labor. Por primera vez, los médicos empezaron a dudar de mis pequeñas profecías y consideraron, por fin, que debían dejarme en paz mientras yo estuviera ocupado. No sé cuánto tiempo pasó hasta que aquel inmenso arco comenzó a cerrarse sobre sí mismo. Pero tan pronto como pude reunir aquellas fotografías impresas sobre el papel comencé a interpretarlo como un árbol de historias entrecruzadas. Y de nuevo empecé a relacionarlo con predicciones aunque en esta ocasión lo que iba a suceder se convertía en la causa de lo que se contaba. Como si lo inédito o lo nuevo se leyera del revés y determinara lo que había pasado hasta el presente. Como si el golpe que recibes por sorpresa fuera la consecuencia necesaria de la venganza que planeas por la afrenta. Tan fácil como mirar hacia atrás y las posibilidades se iban reduciendo a una, los signos se oponían anulándose y el futuro se esclarecía como si estuviera escrito. Sólo debía intercambiar símbolos por nombres, líneas por números, y podía responder a cualquier cuestión que se me planteara sobre el mañana. No era adivinación, era una predicción contada del revés, previsión por revisión, proyección por anticipación. A mi no me parecía algo extraordinario pero es obvio que, tras comprobar el éxito de mis predicciones, más gente además de los médicos se interesaron por mi caso. Consciente de que ese poder atraería al gobierno y a su corte, ese sinfin de lobbies y corporaciones que le sustenta, decidí adquirir determinados privilegios que hasta ahora se me habían negado. Además de tener más contacto con los niños, todo el programa que comenzaba a desarrollarse en torno mía se debía adecuar a dos baños diarios en cualquier playa de rocas que me permitiera secarme bajo el sol y el viento por el espacio que yo estimara conveniente.
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