Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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miércoles, junio 17, 2009
El yo dividido (y 16)
Pero lo que realmente me atormenaba eran los sueños. En ellos mi yo se dividía y era imposible atrapar con una historia los acontecimientos a los que se adherían y en los que se veían involucrados. Cuando descubría con un desgarrador dolor que yo era el culpable de lo que sucedía a la vez en cursos del tiempo solapados y que todos ellos convergían en mi autoría inapelable era capaz de detallar nombres y apellidos, independientemente de su relevancia pública. Todas aquellas biografías que podía datar eran verificadas. Pérdidas de pesonas, raptos o desgracias, nacimientos o cambios dolorosos en la vida de gente ajena que no conocía hasta el momento pero de cuya responsabilidad recaía inmediatamente en mi dejadez o en mi actividad. De manera ficticia entraba en la vida de un extraño y provocaba en ella un cambio en su destino, como los dioses obran en las tragedias griegas. Miles, millones de retazos de mi identidad se confundían en el mundo de los sueños con la de aquellos hombres y mujeres. Mi vida se cruzaba con otra de manera fatal: he sido asesino, violador, pedrasta, tirano, genocida o un simple empujón que incita a cometer un acto cruel. De nada me servía el que me aseguraran que muchas de ellas pudieron evitarse, ni siquiera en cuestiones relacionadas con actos terroristas. Nada podía curar mi implicación en todas ellas, y nunca me convencí que pudieran evitar las vidas cercenadas por nuevos conflictos, llamadolo guerras, en los que yo era el único conspirador y ordenante. En todas tenía parte suficiente y necesaria de la culpa. Relatarlo me encogía el cerebro y me mordía el estómago. Ninguna lágrima ni compasión. Sólo los hechos. Ellos los llamaban sumarios secretos -siempre que se tratara de una cuestión de gran calado- y habitualmente negociaba el contarlas con algún tiempo extra más de abandono en el mar. Si la narración sólo trataba del sufrimiento de un yonqui que va a quitarse la vida en un acto desesperado o de tormentosas pesadumbres de un deprimido crónico, aprovechaba su desinterés para fingir un desmayo y demandar una recompensa: una pequeño viaje en barco que estuviera fletada por familias, unos días de esquí como monitor de algún colegio de primaria. En el albergue o en el crucero, podía distraer a mis yoes culpables y concentrarme en el griterío de los niños. Bebía su inocencia como un lobo sediento y lograba distraer por unos días, por unas horas, la culpabilidad de ser todos y cada uno de los hechos irrevocables. Claro que entendía la trascendencia de todo aquello, y así me animaban los investigadores: se trataba de la posibilidad de evitar un futuro de destrucción o de miseria. Pero toda la cadena de irrevocables hechos tenía en una parte de mi su origen y puedo asegurarles que esa vinculación era tan necesaria, tan real, como el hecho de que sucediera. La carga era real, y mucho más real era el descanso que me proporcionaban los niños. Así que poco a poco acogiéndome a la sensación que tenía cuando estaba con ellos. Me bastaba recordar algunos gestos y puse todas mis fuerzas en reunirme con aquella algarabía que me hacía olvidar el pesar de todos los vivientes como algo propio. Pronto se produjo en mi rendimiento de las historias una suave neblina que impedía reconocer lugares o personas. Paseaba a las puertas de un colegio y grababa en mi mente la algarabía dispersa. Me perdía en ese paisaje difuminado y pronto los sueños dejaron de tener tantos protagonistas. No sabía cuál de ellos era yo, pero lo cierto es que se estaban desvaneciendo como el vapor bajo la lluvia. Recuerdo cuándo fue el día de mi nacimiento. Fue un 12 de abril. Acompañado de los pájaros dejé de saber quién era yo y por primera vez en mi vida paladeé las ganas de vivir. Desde aquel día el don desapareció por completo. Si miro hacia atrás, puedo ver otro yo o tal vez muchos, pero ninguno tiene que ver con el de ahora, alguien que caminó largamente y a trompicones en todas direcciones simultáneamente en los sombríos senderos de un bosque en una noche cerrada sin luna.
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