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martes, agosto 25, 2009

El asunto Wittgenstein (III, 6)

Carlo Ferrara vestía de lino blanco, cruza y una otra vez sus piernas largas y delgadas, como un flamenco herdo, mientras blandía con suavidad un pastise en el café de moda de la intelectualidad parisina: Lumiera. Su mente inquieta ante la entrevista que esperaba balbucía frases inconexas: "El cuerpo es la escultura del alma en movimiento"; "la captación de su balanceo"; "la redención estética del sexo"... incluso llegó a acordarse de dos o tres ideas que recordaba de un seminario al que asistió en la Sorbona impartido por el mismo Derrida y del que nunca dejaba de hablar: la pornografía, venía a decir, es un complemento del un humanismo tardío, la desaparición del sujeto logocéntrico deja abierta la ventana hacia la plasticidad ilimitada del cuerpo... Era uno de esos hombres que suelen poner el dedo extendido en la barbilla y el moflete cuando en realidad está pensando una frase para introducir en el diálogo. Un capullo que ni siquiera había tenido suerte en la producción de películas porno hasta que dio con Vanessa. La V de la victoria, se repetía a sí mismo. Una mujer con todos sus atributos que sugería más que expresaba en la acción: un auténtico bombón venido del este que le permitió introducirse en el mundillo de alto estanding de la mercadería sexual de París. Cuando Beck y Collingwood aparecieron curioseando las mesas atornilladas al suelo de madera del viejo cafe, les hizo un gesto sonriente alzando la mano antes de alzar sobre sus piernas para estrecharles la mano. Los becarios lo tenían claro: una gravadora, unas cuantas preguntas para hacer brillar la vanidad de aquel mercachifle y, confesando su interés por Vanesa V, les costaría media hora de gilipolleces para conseguir algo que les llevara hasta ella, y con ella el único hilo que les unía al maletín dichoso. Sabían cómo halagar, ese era parte de su trabajo en las oficinas centrales, y eso bastaba. No les costó más de cuarenta minutos conseguir el teléfono de un móvil aunque Ferrara no podía asegurarles que les llevara hasta ella, pues, explicó, hacía dos años que se había retirado y siempre había sido ella el que se ponía en contacto con él a través de su agente. Si el agente todavía tenía operativo el móvil, no lo sabía, pero lo que más le interesaba era cuándo podría tener noticias del reportaje y antes de despedirse no dejó de insistir que le mantuvieran al corriente del resultado final. Su misión ya estaba cumplida de modo que sus ojos dejaron de brillar con la atención que tan bien sabían fingir con sus superiores y con la que habían hecho cantar al pringado aquel. Comenzaron a patalear sobre el pulimentado suelo y cinco minutos después ya se habían ya estaban llamando desde el mismo teléfono que les ofrecieron el la barra. El carácter inglés siempre oculta la sorpresa. Un hombre con un acento neutro que trataba de dismular el sonido cortante de algún lugar de europa del este les contestó e inmediatamente Beck pensó que estaba más lejos que nunca de su objetivo. Pero su flema permaneció incólume para preguntar por Vanessa V presentándose como una empresa de medios audiovisuales para adultos. Al otro lado de la línea Vlad K. Karadjic se dejó lisonjear sospechando que algo tenía que ver con los últimos acontencimientos que habían hecho desaparecer a Bárbara. Se dio a conocer como el agente de la actriz porno pero el comandante estaba lo suficientemente lúcido para no compartir ninguna información si no se la proporcionaba aquel impostor. Sabía que Vanessa estaba con otro hombre en su ático de París, sabía que los americanos estaban detrás de ella posiblemente para forzarle a descubrirse, pero su instinto le revelaba que aquel inglés no tenía nada que ver los americanos. Ningún servicio de inteligencia hubiera llegado a conseguir su teléfono. Tal vez se tratara realmente de un contrato para una buena película. Cuando escuchó la cifra que Beck dejó soltar en la colaboración de un largometraje su ambición anuló sus dotes de prudencia. Al fin y al cabo Bárbara llevaba dos años sin permitirle blanquear dinero y probablemente eso le permitiría tenerla otra vez amarrada y localizada. Por descontado debían ingresar una señal de 10.000 euros en una cuenta del Credit Lyonais y un contrato por fax a través de una dirección electrónica. Beck sonrió hacia Collingwood: tenía a la presa agarrada. Mandarían la señal en ese mismo momento y les gustaría darle la buena noticia en persona porque, de aceptar la oferta, ingresarían la mitad del montante final de la minuta tras concretar la fecha y el lugar del rodaje. Si obraban con sutileza pronto estarían antes que nadie sobre la verdadera pista de la valija. En el momento en que colgaba ya tenían una dirección a la que dirigirse y, sin más preámbulos, teclearon a Londres un sms que resumía sus progresos que fué recompensado por un "bad and late". Ese tipo de trato era el acostumbrado y por ello se dirigieron hacia el ático con aire de victoria.
Entretanto los hombres de Vlad informaron del movimiento del objetivo. X e Y se habían dirigido al barrio latino y entraron en un pequeño restaurant en el que se encontraron con un tipo delgado vestido como lo haría un americano en Francia: pantalones de pinzas, zapatillas, camiseta de algodón y una boina francesa mal calada. Ningún francés se atrevería a hacer coincidir ese atuendo con un purito aromático y una coca-cola. También refieren al comandante sobre la presencia de dos hombres que, tras bajarse de un taxi, esperaron como ellos a la salida de la pareja y que, igualmente, les siguieron por delante de ellos hasta allí. Vlad K. recibió la notificación de sus subordinados con cierto alivio. El ejército americano armó demasiado escándalo y quiere andar ahora de incógnito. Al instante acoge con satisfaccción el aviso del ingreso que le había prometido el representante de la firma audiovisual. Ahora estaba seguro de la autenticidad de las intenciones del tipo con el que había hablado por teléfono. Tal vez, si lograba que Bárbara firmara el contrato podría interponer una cortina de humo que disuadiera al servicio de inteligencia yanqui de la relación entre ambos. Todo parecía jugar a su favor: su hermana localizada y trabajando de nuevo, los puritanos desisten en su persecución a través de Bárbara. Ahora debía comunicarse con aquel tipo inglés para que con la máxima premura hablara de la cifra millonaria que le ofrecía a la actriz. Se sirve un vodka con hielo y da la orden en su oficina de mando, para que le llegue al teléfono móvil que Beck le proporcionó el lugar exacto de la ubicación exacta de su estrella. Sólo el chalado con el que anda le preocupa.

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