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martes, agosto 25, 2009

Un nuevo concepto de educar III

El error consiste en creer que el educador ve y debe enseñar a utilizar esa capacidad a los que no poseen esa facultad. Lo cierto es que su función ha de limitarse a qué hacer con nuestra ceguera innata. Con ausencia de visión me refiero al no darse cuenta lo que se tiene delante porque se desconoce lo que hay detrás. Por tanto, lo primero que se ha de reconocer es que el que trata de enseñar comparte esa ceguera. Nada de su actual reputación sufrirá menoscabo, pues ya casi no le queda tal cosa. Su misión ha de consistir en que se tome conciencia de esa ceguera o de su pésima visión y que se asuma como propia, sin esto no hay prosecución posible: se podría llamar conciencia abierta de la naturaleza miope, o, de otro modo, la docencia como el adiestramiento entre las sombras. Todos los aspamientos y quejas de la vocación docente son un síntoma de la creencia de que tal mal no está en su visión sino en la ceguera de los que inútilmente trata de curar. Por ello no debe verse al educador como el que está en frente sino como el que está al lado tratando de sortear los mismos bancales en los que se encuentran capturados sus alumnos. Tal disposición ha de procurarse incluso espacialmente: el discurso no ha de encontrase de cara pues la derecha es la izquierda y vicevesa, sino en la misma posición y cuanto más atrás surjan las palabras mayor efectividad tendrán para que la comprensión sea auténtica. La pizarra puede servir simplemente como medio y guión que dirija tal comprensión. Todos deberían hacer la prueba de sentarse en el lugar del alumno y escucharse a sí mismo: enseguida notarán la pobreza de su explicación y el desierto frente al que se hallan los alumnos. Para adoptar tal posición se utilizará una anécdota, un chiste o algunos comentarios humorísticos de manera que no pueda captarse el hecho de que el profesor cambie su posición que tiene la lección magistral a al discurso que parte desde su lado. La forma que ha de poseer ese discurso ha de tener la misma que utilizaría un ciego para reconocer su entorno: primero afirmación, después pregunta sobre la afirmación, y en tercer lugar una respuesta que posea la misma provisionalidad que la primera afirmación. Esa es la manera como se entreteje el mapa con que la ceguera se hace con su entorno: ninguna afirmación es válida hasta que no se encuentra a través de la pregunta la suposición sobre la que creemos afirmarla. Tal como fue entendido por Collingwood, esta forma de entender el conocimiento dista muy poco del conocimiento práctico en donde simplemente hay que cambiar la afirmación por la acción. La acción rectifica la intención de la que partía para corregirse, y así sucesivamente. Es la toma de conciencia de hasta qué punto nos hemos engañado como se progresa en ambos conocimientos. Se ve ahora hasta qué punto resulta inútil o improcedente la acumulación de conocimientos sobre los que se apoya el aprendizaje. No se trata de conquistar ninguna cima sino de dar cuenta que el camino ha de hacerse partiendo de la primera intuición que estamos aprisionados. La salida del entramados de prejuicios, de la constelación de suposiciones, es la primera función a la que hay que aplicar todo esfuerzo educativo. En realidad no hay manera de evaluarlo objetivamente aunque se hace en seguida patente a través de las preguntas que se dirigen al profesor. Tales preguntas no han de ser respondidas de una manera inmediata. Se han de dirigir hacia la captación de asunción desde las que se han lanzado. Ese campo es el traje de costumbres del que parte el conocimiento, y el pisarlo la primera manera del tratamiento de la ceguera. Aunque el hacerlo tenga la forma de la decepción -o del desengaño en el mundo práctico- traerá consigo la formulación de nuevas preguntas que se hacen desde el siguiente bancal. Desde el primer momento las diferencias en la conquista de los bancales se hace patente entre ellos, y, puesto que los significados son sociales, ellos mismos son capaces de ver en los otros el camino que ya han recorrido. Creo firmemente que el paso puede detenerse pero no sería la primera vez que siguiendo a los que están más alto, los de los pisos inferiores fuerzan su paso hasta alcanzarles. Como no existe cima ni bosque que ver desde la totalidad nada importa el hecho de bajar desde otro lado y volver a cuestionar las preguntas desde otra dimensión. Las mentes más agudas comenzarán a caminar con fluidez y detallarán el mapa con más exactitud y extensión. Tanto unos como otros serán ciegos con diferentes destrezas y no puede ocurrir de otra manera. Unos a otros se esperan y anticipan pero no podemos evitar el hecho de que algunos alcancen un grado de conocimiento superior al que debemos atender primeramente.

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