Cuando Bárbara y Paltrow se sientan en la mesa de Auster están siendo observados desde la barra, desde una mesa suficientemente separada y desde una pequeña cancha de dardos por tres pares de ojos que disimulan su inquietud con cerveza, sobre todo los agentes de Vlad que deben tener puesta su atención en los dos "ingleses de mierda" a los que le han ofrecido la información y que no dejan de dar con los dardos al exterior de la diana y de recogerlos sin el más mínimo disimulo. Sentados, Pierce y Shephard intentan leer en los labios lo que está sucediendo a dos mesas.
Paul Auster besa a Bárbara con naturalidad y estrecha la mano a Paltrow antes de sentarse. Apaga su purito y hace un gesto para dar a entender que es todo oídos.
- El señor Auster, dice Bárbara, es uno de los mejores libreros de París. Cuando le conocí estaba sin blanca. Le compré algunos libros -entre ellos una edición de Porfirio muy bien conservada de 1300- que le había donado un aristócrata francés como parte del pago que hizo para él como jardinero. Imagínate. Quería volverse a América -a su amado Brooklyn, decía- con la idea de de hacerse un escritor famoso. El pobre me dejó leer unas poesías escrias en francés que daban verdadera lástima, como si hubiera sido escritas por un adolescente. Yo le introduje en el mundo de los libros antiguos y le financié para que abriera una tienda de libros viejos en Saint Michel. Desde entonces se ha convertido en un auténtico experto en documentación aunque nunca ha dejado de culparme de haber castrado su creatividad.
Auster escucha asintiendo mientras servían a los comensales vino en grandes copas. Alza la suya y mirándola al trasluz bromea: "No sólo un escritor de éxito sino, seguramente, como sueño a menudo, el escritor por autonomasia de Nueva York. Pero tú tenías razón, querida, todo está escrito ya. ¿Qué podría yo darle al mundo que pudiera compararse a los sonetos de Shakespeare? Así que canta, qué ha traído a mi bienhechora hasta aquí? Pensaba que ya te habías retirado definitivamente en la costa española. ¿Quién es nuestro hombre?
Paltrow se presenta. Le cae bien aquel tipo y resume en cuestión de diez minutos su encuentro con Bárbara y sobre todo con el manuscrito de Wittgenstein. Aunque omite la relación con su padre, le hace saber que se ha convertido en una cuestión compulsiva y que necesita saber cómo llegó hasta él.
Paltrow intenta mirar detrás de aquellos ojos inquisidores mientras prueba el entrecotte poco hecho que le acaban de servir. "Viena, dice mientras engulle. Hago de vez en cuando un periplo por Ulm, Cracovia y Viena para ver qué se cuece por allí. Mi contacto es un librero judío que tiene verdaderas gangas, Peter Von Weiss. Aunque no os lo podáis creer es el primer judío que conozco que dice pertenecer a una clase aristocrática". Paltrow mira a Bárbara consternado. Su búsqueda no ha sido infructuosa pero él había pensado que sería más rápida.
Pierce que se da cuenta de la euforia contenida de se ha originado a dos mesas de distancia le hace un gesto a Shephard para que se dirija hacia el baño ladeándose hacia la mesa. Shephard tropieza teatralmente, como haría cualquier abogado, y llama la atención de su cliente. "Pero, señor Paltrow, usted por aquí. Qué enorme coincidencia. Estoy sentado con un cliente justo a dos mesas de aquí..." Paltrow encaja la sorpresa como lo haría un buen boxeador al que van a noquear si no hace algo rápido. Algo instintivo, quizá el recuerdo de su padre, le hace reaccionar como si aquel encuentro fuera algo peor que una ofensa. Se levanta de un salto y le propina a su abogado un golpe seco en la nariz que lo hace caer de bruces sobre el suelo. Ni siquiera da tiempo a que los gritos y murmullos que ha provocado el puñetazo adquieran cuerpo. Coge la mano de Bárbara y le susurra al oído: Vámonos. Auster no parece incomodado al observar la rapidez de lo que está sucediendo. Levanta la copa y guiña el ojo a Bárbara que ya empieza a correr hacia la salida. Alzan la mano en busca de un taxi y el poco tiempo transcurrido permiten a los agentes de Vlad y a los becarios hacer lo propio. Pierce atiende a Shephard ladeando su cabeza cortar la hemorragia. Auster observa, casi siente la emoción de una trama novelesca en la que ha participado como un protagonista más. "Esto podría escribirse", piensa, mientras deja sin terminar el entrecotte y suelta 100 euros sobre el mantel. Sale al rellano de la puerta mientras observa la astucia de sus perseguidores. Silba con la boca como aprendió de niño a hacerlo en el estadio de los yanquis. Bárbara se da la vuelta antes de subir al taxi y Auster señala a sus perseguidores. Se cala la boina y piensa: "así podría empezar una novela, sí, señor".
No hay comentarios:
Publicar un comentario