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viernes, septiembre 04, 2009

El asunto Wittgenstein (IV, 2)

Por primera vez en mi vida me sentía vivo. El tren de alta velocidad apenas dejaba entrever las ciudades, estrellas fugaces en la noche. Túneles y puentes sobrevolando autopistas y carreteras secundarias, el continuo de luces rojas y amarillas. La dulce Francia. Ahora un jardín domesticado y regular, monóntono como las llanuras que casi sobrevolávamos. Cuántas tumbas, cuántas almas yacían de aquí hasta centroeuropa, mil guerras fratricidas. Ahora fantasmas, vidas sesgadas por delirios de poder, ahora ojos tras la arboleda -como decía Eliot-, rimeros de nichos invisibles, interminables. Sobre ellos descansa la civilización apaciaguada. Sí, la paz es una excepción. ¿No fué Abel el que murió a manos de nuestro padre Caín? Somos los vástagos de una estirpe asesina. Somos los hijos de la invención de la esclavitud y de las tecnologías necesarias para manternerla. El primer documento escrito de la humanidad habla de la libertad, dicen los bienpensantes. No se atreven a leer todo el fragmento: la libertad provisional que podía ganarse por los porteadores de trigo, la libertad del esclavo al que se le permite descansar tasada grano a grano, pesada y almacenada en el almacén de sus dolencias y del ocio de la élite. ¿Acaso nuestro progreso no ha sido más que el desarrollo de maquinarias cada vez más sanguinarias del daño? ¿Por qué iba a nacer la ley sino para regular la servidumbre? Sí, Shopenhauer se quedó cortó al llamar meapilas a Hegel. También yo creía en el avance del espíritu libre y en sus objetivaciones cuando comencé mi tesis: los fundamentos del derecho internacional. También yo era un meapilas bienintencionado, un cachorro ingenuo al que se le llena la boca cuando h abla de igual y derechos inalienables. Una tarde de domingo el irascible, el incómodo Shopenhauer derribó de un golpe mortal el edificio de mentiras que estaba construyendo. Él desbarató mi castillo de naipes y caló hasta mis huesos su pesimismo descarnado, su sinceridad demoledora. La igualdad no es más que el eufemismo de la necedad y la ignorancia. Una nueva torre de Babel ya empezaba a tambalearse, un cadáver putrefacto del que se alimentan las instituciones democráticas, gusanos, parásitos que crecen en el tuétano de la vida, que engordan oprimiendo a la inteligencia y la defecan cuando no pueden asimilarla. Derecho Internacional, hay que joderse, ¿alguien ha entendido alguna vez el concepto "hierro de madera"? Pues eso es lo que es. Los Parerga y Paralipómena me abrieron los ojos: yo mismo era un síntoma de la enfermedad, de la pandemia que llamamos occidente. Mi edificio colapsó y yo con él. Que nadie diga que el suicidio es un acto de cobardía. Yo ya estaba muerto. Empecé a aborrecer el mundo: el intento velado del predominio, el ir y venir de los intereses, la decadencia de una civilización sobrealimentada y autosatisfecha que trata de huir del tedio. Caída libre. Y en pocos meses el hachazo de ver a mi padre enajenado y denostado por sus compañeros. Me mantuvo entonces su cuidado, escuchar sus excentricidades sobre Wittgenstein, pasar la tarde viendo combates, pasear por Hi-Park. Interpreté su estado como el que ha de llegar necesariamente el que no se miente a sí mismo y piensa con total libertad. Nunca le confesé la tristeza pesada que recorría mi cuerpo. Su muerte supuso un alivio para mí. Ni un compañero de Oxford, ni una nota llegó a la casa de Hampstead. ¿Qué me quedaba allí, además de la vanidad de mi madre? Necesitaba huir y así lo hice. Ahora todo había cambiado. Tal vez mi excitación fuera falsa, pero no me importaba. Tenía a mi lado a la mujer que amaba y, al frente, a unas site horas, Viena donde algo podríamos sacar del secreto que acabó con la salud de mi padre. El Tractatus no iba a dejar indiferente a nadie y, por lo que sospeché en París, también estaba siendo buscado por alguien más.

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