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domingo, noviembre 15, 2009

El día en que todo empezó (II)

Primer Acto (Presentación): Paul Paltrow

Las once de la mañana es demasiado pronto para un coñac, pero Paul Paltrow lo necesitaba. Había estado toda la noche preparando un caso ante el  Gran Jurado que se había convocado para las cuatro de la tarde de ese mismo día. El ayudante del Ayudante del Fiscal del Distrito le había llamado, a primera hora de la mañana, para concertar un almuerzo con él. Habían quedado en Pietrolo una de esas terrazas de moda en Sunset Boulevard. Un local de esos dónde para comer sólo tienen ensaladas hechas con los restos de las ensaladas del día anterior y sirven el agua con gas francesa en copas tan grandes que las finas burbujas se te meten por la nariz y te destapan los oídos por dentro. Paltrow no conocía al fiscal, pero, por el acento y el restaurante, supuso que sería uno de esos jóvenes triunfadores, que cuidan su cuerpo y su mente como si fueran a vivir para siempre, y que están cagados de miedo de no perder ni un sólo juicio antes del ascenso a Ayudante de Fiscal. No sería problema sacarle un buen trato. Sería más difícil poder beberse tranquilamente un trago en un restaurante  de mariconas y culturistas. Así que necesitaba un coñac. En los buenos tiempos, los tratos se hacía con ayudantes de fiscal, que antes habían sido polis.  Frente a un bistec y bebiendo un whisky. Eran tíos duros, que siempre pedían la perpetua o veinte sin la condicional y no cedían fácilmente. La comida acababa con Paltrow y el Fiscal riendo, hablando de fulanas y de los play offs a las series mundiales; fumando un habano. Entonces llegaba Weis. Peter siempre conocía al fiscal, siempre conocía al cliente, y siempre sabía convencer a su viejo colega poli de que el estado podía ahorrarse un buen puñado de dólares dejando a esa mierda en la calle.  Weis daba su palabra al fiscal: sí pillaba al cliente de Paltrow delinquiendo de nuevo tan sólo haría falta un impreso del forense para archivar el expediente. Al fin y al cabo era Peter Weis, el poli que había detenido más jodidos cabrones que el resto de todos los jodidos cabrones de polis de Robos y Homicidios juntos. Sí, Weis y él eran un gran equipo, pensó Paltrow. Los gangsters lo sabían. Si querían un buen trato, Paltrow era su hombre. Tres años en la estatal y a la calle. Un millón de dólares. Había para todos, para el Fiscal, para Weis, y para él. Para él  siempre había mucho dinero. Lastima que siempre se lo llevaban sus ex-mujeres. Y los abogados de sus ex-mujeres. En los pasillos de los Tribunales se decía que el Colegio de Abogados algún día le haría un homenaje a Paltrow y le entregaría una placa. Pero no se la darían sus compañeros criminalistas, sino los abogados matrimonialistas en reconocimiento a las generosas minutas que les había pagado a lo largo de estos años por sus divorcios. Ahora todo había cambiado. Los fiscales eran unos jóvenes lechuguinos a los que cualquier gilipollas leguleyo les arrancaba una condicional sin tan siquiera haber presentado un maldito Habeas Corpus. Weis estaba mal, muy mal. Se había descontrolado, se lo había metido todo por la nariz: su velero, su familia, su carrera y todos sabían que Asuntos Internos iba a por él. Y los clientes ya no eran negratas más preocupados por su carrera de raperos que por las balas que les silbaban al bajar de sus Humvees. Camellos que pagaban en metálico, con billetes arrugados, sin molestarse a contarlos. Ahora eran tipos como Bresli Breslitovsk. que dirigían la mafia como si fuera una empresa de Silicon Valley; con sus contables; sus directores financieros; sus abogados fiscalistas y toda la polla. Y sus ex soldados de la guerra de Chechenia guardándoles el chiringuito. Tipos que exigían resultados antes de soltar un dólar. Paltrow no quería ni pensar qué pasaría si no habían "resultados". Maldijo el día en qué Weis le presentó  a Breslitovsk. Pensar en el mafioso ruso le obligó a rellenar de nuevo la copa de coñac.

 

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