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viernes, noviembre 13, 2009

El día en que todo empezó.

Primer Acto (Presentación): Peter Weis.

Peter Weis es un detective del Departamento de policía de los Angeles (LAPD) destinado en la división de robos y homicidios de West Hollywood. Es una leyenda en el cuerpo. De sus treinta y ocho años, dieciséis ha estado al servicio del LAPD. Cocainómano, divorciado, alcohólico, sin hijos, y adicto al West Coast Jazz , tiene en su hoja de servicios más detenciones que el resto de detectives de Robos y Homicidios juntos. También es conocido porque en sus horas libres trabaja como matón a sueldo para Bresli Breslitovsk, el jefe de la mafia ucraniana que se estableció en Hollywood Boulevard a principios de los 90, y que ahora domina todos los prostíbulos desde Santa Mónica a Los Angeles. Pero en la división todos entienden que Weis jamás podría dedicar sus días libres a vender propiedades inmobiliarias o coches usados como hacen el resto de sus compañeros. Weis cuando abandona la comisaria, continúa haciendo lo que más le gusta: beber, esnifar y limpiar de gentuza las calles de su adorado Hollywood. Que lo haga a sueldo del alcalde o a sueldo de un proxeneta ruso a nadie le importa. La línea entre lo correcto o incorrecto, entre lo legal e ilegal era tan tenue y difusa que ya nadie se molestaba que marcarla. O así fue hasta hace un año, en que Weis perdió el control de la coca que se metía. Se había vuelto más irascible, más violento, más alcohólico y más insoportable, para sus compañeros, sus jefes, e incluso para la gentuza a la que detenía. Los asesinos, drogadictos y violadores, no dejaban de ser ciudadanos del Gran Los Ángeles adscritos a alguna de las minorías étnicas  con suficiente dinero para pagarse abogados que pusieran demandas multimillonarias contra el ayuntamiento por brutalidad policial. Asuntos internos tenía a Weis en el punto de mira. Muy pocos apostaban por sus veinte años de servicio que le permitirían retirarse con la pensión completa. Aún eran menos los que querían ir de turno con él, así que en los últimos meses, le habían asignado tantos compañeros que Weis había perdido la cuenta. Para él todos eran iguales: unos jodidos negros, hispanos, árabes o coreanos, recién licenciados de alguna jodida universidad estatal en la que habían estudiado gracias a las becas de los programas de discriminación positiva que los jodidos demócratas habían establecido en los jodidos ochenta. No es que le cayeran mal los demócratas, pero al menos Bush era un alcohólico y cocainómano como él, aunque ya no se metiera (- pero ahí está el demonio, eh, George?- ) y Weis entendía a su Presidente mejor que la mayoría de sus compatriotas. El también se despertaba muchas mañanas con ganas de arrasar el jodido Irak, Irán, y cualquier otro país de mierda. Así que esa día, cuando le presentaron a su nuevo compañero, volvió a dar gracias al viejo Dios por haber enviado a ese jodido farlopero de Bush a la Casa Blanca. Su nuevo compañero era blanco. Más blanco que la puta pared el día que la pintaron, allá por los años setenta. Tenía un nombre italiano, Stompanoseque, pero era jodidamente blanco y eso hoy en día en el departamento de policía de Los Ángeles significaba pertenecer a la minoría étnica más minoritaria  .

- Así que stompanichi, eh - y le tendió la mano a través de su escritorio, frente al que Johnny Stompanato permanecía de pie.

Continuará…

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