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miércoles, abril 07, 2010

Recuerdo de un verano

Estaba cresteando con Bru en la zona limítrofe de la cuenca del Ebro, un espectáculo de colores. Los rebecos nos miraban hasta que Bru se ponía a correr tras ellos. Subía una pequeña loma. Un águila me examinó desde un pino centenario. Podía notar sus ojos fijos en mi, se avalanzó: el aire batiendo su cuello y el aleteo. Tardó en alejarse, volaba en ochos. En una de sus vueltas cerradas abrió sus alas y extendió su dominio y su sometimiento al sol. Señorío, grandeza, orgullo, como el los versos de Hopkins. Y en el huracán de gozo, un hilo de dolor. Bru estaba quieto, alerta y relajado. Yo pensé que no había conocido nada parecido a Dios o a lo animal, porque no podía distinguirlo. Ojalá Bru supiera hablar

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