Al terminar la carrera abandoné mi ciudad natal, y veinte años después, regresando a ella, al morir mi madre, tuve ocasión de volver a encontrarme con los amigos, los colegas y familiares. Tres días tan sólo, pero un desfile de rostros un tiempo habituales y amados que, con su simple emergencia del pasado, casi sin palabras, pero con la implacable incisividad del lenguaje de las formas corporales, pavorosamente roídas por los años, me susurraron sin cesar una única verdad: la muerte nos carcome a todos sin piedad, nos consume, poco a poco, desde dentro. Sin duda contribuyó a esta vivencia penosísima de devastación la repentina pérdida de aquella raíz vital que la madre representa para todos. Sin embargo, fue una cadena de "pequeñeces": la mueca del ángulo de las bocas, la piel reseca de las mejillas, la curva grave de las espaldas, la adiposidad de los cuerpos sin donaire, el timbre opaco de las voces, la inquieta profundidad de las miradas de aquellos hombres y mujeres, de los que me había despedido cuando eran todavía espléndidamente jóvenes, etc., lo que vino a repetirme, con encono casi insoportable, que la muerte convive con cada uno, que se insinúa inexorablemente en el cuerpo y su presencia se hace vez más evidente e imperiosa. La exclamación de San Agustín ante un niño recién nacido, "tampoco éste se escabullirá de ella", me volvía obsesivamente a la memoria, en cada nuevo encuentro con los que, con toda verdad, podía llamar viejos amigos. Ni el mar sereno, por tantos años anhelado, ni las rocas rojizas de la costa, ni la música de los pinares, ni el olor inconfundible de los matorrales, que levantó en pie súbitamente mi infancia como nadie ni nada había logrado hacerlo, revelándome la irrevocable pertenencia a este pedazo de tierra que me vio nacer, pudieron distraerme de mi encuentro inesperado con la muerte, con todo su bagaje de lacería angustiosa. (...)
Caminamos por la vida entre fatigas, entre fatigas y amores, entre amigos y contrincantes, siguiendo la marcha colectiva hacia la conquista del éxito, de la seguridad, de la independencia y de la satisfacción...: pero, de pronto, rasgan el aire las notas sutiles de las flautas de la muerte y lo imposible se convierte en realidad: una persona amada se desploma junto a nosotros, y nuestro amor, nuestros cuidados y nuestra ciencia se demuestran impotentes y ridículos. Procuramos darnos ánimos y emprendemos de nuevo la carrera, nos aturdimos con nuevas empresas, ideales e ilusiones, pero una angustia secreta nos muerde el alma y temblamos ante la eventualidad de que cualquier día se levante otra vez el son de las flautas plañideras, sin saber por quién será en esa ocasión. Sólo el amor descubre la crueldad de la muerte.
[Joan Bautista Torelló, Psicología abierta]
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