"Ya no corría, el bolso negro se balanceaba en su mano, y yo encendí los faros largos, porque no podía dominar con la vista toda la calle, y entonces enrojecí de vergüenza cuando mis faros dieron de lleno en el portal de una pequeña iglesia. Hedurig acababa de entrar en ella. Me sentí como alguien que rueda una película, que lanza la luz de su foco en la oscuridad de la noche y sorprende una pareja abrazándose".
"El territorio era bello, pero también desconocido: tan desconocido como bello".
"- Nosotros -dije- estamos en el desierto y en la selva, y no veo, dondequiera que mire, ningún sacerdote que pueda casarnos".
"Hasta ese momento no supe que era inmortal ni supe hasta qué punto era también moral: oí los gritos de los niños asesinados en Belén, y con aquellos gritos se mezclaba el grito de la muerte de Fruklahr, un grito que no había oído nadie, pero que ahora llegaba a mis oídos (...).
(...) Surgieron imágenes de la cámara oscura, me vi a mí mismo inclinándome como un extraño sobre Hedurig, y tuve celos de mí mismo: vi al hombre que la había abordado, sus dientes amarillos, su cartera, vi a Mozart, lo vi sonreír ala señorita Klontick, la profesora de piano que vivió junto a nuestra casa, y la señora Kurbelstrasse aparecía llorando en todas las imágenes, y seguía siendo lunes, y supe que yo no quería seguir adelante, lo que quería era volver atrás, no sé dónde, pero atrás".
"Todo es perfectamente soportable. Yo tengo mi precio, el precio de mis manos, de mis conocimientos técnicos, de una cierta experiencia, de mi trato amable con los clientes (porque se ponderan mi atractivo personal y mis manera intelectuales, que me son especialmente útiles, ya que soy también el representante de las máquinas que he aprendido a reparar a ciegas), y este precio lo he visto subir cada vez más".
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