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lunes, agosto 02, 2010

El asunto Wittgenstein V, 7

El sacerdote era alto y con la sotana hasta los pies parecía una columna inexpugnable. Invitó a Paltrow para que pasara por delante. En el momento en que salieron Vlad había llegado a unirse al grupo y trataba de llevarse a Bárbara consigo. Estaba seguro que no ahora exactamente sino tal vez en menos de media hora las fuerzas americanas aparecerían por detrás de la colina. Mientras tanto el resto del grupo esperaban impacientes como ya dieran por sentado que su estar allí estaba más que justificado. El párroco contuvo a Vlad levantado un brazo como si estuviese diciendo a sus feligreses que se sentasen. Después miro uno a uno a los presentes y no pudo dejar de sonreír cuando vio a los dos pasantes casi incapaces de mantenerse en pie. No tenía prisa. Parecía penetrar en el alma de cada uno de ellos de manera que no tenían más remedio que dejarse auscultar.
- Todos, dijo, estáis aquí por un motivo diferente, y casi todos desconocéis en realidad cuál es la razón que os ha llevado hasta aquí. Así ocurre en la vida del ser humano, nos movemos en la oscuridad entre la niebla aunque a veces un fogonazo nos deja ver dónde estamos y por qué estamos aquí. Cuando estudié en el seminario tenía grandes ambiciones. Y fijaros dónde me mandaron. A una parroquia de apenas cien feligreses curtidos en el frío y el mar. Nunca desde entonces he querido marcharme. Cuando llegué a Anholt el anterior sacerdote me recibió con mucha cordialidad y quizá un tanto eufórico, pues largos y pesados se le hicieron los dos años que pasó aquí. Yo llevo ya más de veinte años y puedo decir que tengo una vida más dichosa de lo que pude imaginar nunca. Durante la primera semana desde que llegué encontré en la casa aneja a la iglesia un maletín que contenía que pesaba considerablemente. Llamé al anterior párroco para advertirle de su descuido y me dijo, quitándole importancia, que hacía mucho tiempo que el tabernero se lo había entregado pues alguien lo olvidó en el viejo restaurante. Que Dios me perdone, pero desde aquello habían pasado muchos años, así que abrí el maletín y encontré muchos papeles timbrados y un cuaderno negro que me llamó la atención. En la primera página había escrita una W y a partir de ahí un seguido de números y líneas verticales sobre pentagramas. Yo conocía bastante bien la escritura de la música pero no entendía bien qué significaban los números y las líneas. Ni lo hubiera sabido nunca si al final del cuaderno el autor no hubiera escrito el sentido de un nuevo lenguaje que él había inventado. Lo característico de aquella música era que dependiendo de cómo se interpretaran las líneas siempre sonaban diferente aunque fuera la misma melodía. En esencia no se trata de música. El que escribió aquel cuaderno había descubierto la estructura de la vida, lo cambiante que vuelve sobre sí mismo y se renueva. En su ejecución están no sólo todas las músicas, sino todos los movimientos, los celestes y los de las mareas, los de los seres vivos y los de los hombres. Todo concuerda, todo queda anudado y inconcluso a la vez. Sabía que algún día pasaría esto y que debería desprenderme del libro. Él os ha traído aquí, así que, si me lo permitís, dejadme interpretarlo por última vez.
El cura nos invitó a entrar. Se sentó en el órgano. Sacó de un cajón el cuaderno negro. Respiró y empezó a tocar. Estuvo tocando toda la tarde hasta bien entrada la noche hasta que el sonido de helicópteros sacó al auditorio de su silencio. Ninguno se movía, hasta que Vlad, el comandante, comenzó a llorar moviendo la cabeza de lado a lado. Se levantó, dio un beso a Bárbara y se marchó. El resto por favor al organista que continuara pero éste se levantó con parsimonia. No. Ya veis que ya es momento que cada uno descubra qué ha hecho con él la música. Y ya es momento que devuelva esto a quien le pertenezca. Sospecho que hay algo en el maletín que también interesa a alguno. Ninguno se movió. Beck y Collingwood pidieron a la vez seguir escuchando la música, aduciendo que ya nada les importaba el maletín ni la compañía. Wolf se levantó y mirando al Senador dijo que el mundo debía saber muchas cosas, que era su deber escribirlas aunque le costara la libertad. El Senador pidió al sacerdote que quemara todos aquellos papeles, que se retiraba de la política, que preferiría vivir como un vagabundo con su ayudante que volver a vivir su matrimonio o su carrera política a la que tildó de gran mentira.

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