Paltrow se levanta y paga la cuenta. No se atreve a coger la mano de Bárbara aunque caminan juntos. La comitiva les sigue de cerca pero ya no le importa. Se dirigen hacia la iglesia cuya torre blanca de madera es fácil de distinguir a pesar de la neblina que se extiende por las calles vacías.
La iglesia está abierta. Dentro, al fondo, un crucifijo oscuro que tintinea al calor de algunas velas rojas encendidas. En el primer blanco un hombre con pelo blanco. La sotana casi se confunde con el fondo. Entro. Bárbara me mira con pánico y me dice que no quiere hacerlo. Lo hago solo. Camino hasta llegar a la altura del hombre canoso. No parece haber detectado mi presencia, de rodillas, la cabeza gacha tapándose la cara con las dos manos que me parecen blanquísimas. Carraspeo y sigue sin dar señales de haberse enterado. Por fin gira hacia mí y me mira con cara confiada, como si nos conociéramos de toda la vida.
- Habla usted ingles?, pregunto.
- Todos los daneses sabemos inglés, hasta Hamlet lo dominaba a la perfección, sonríe.
- Mire, en realidad no quisiera molestarle. Vengo de muy lejos y parece que lo que busco ha despertado el interés de otras personas.
Parece un hombre santo. No le asombra nada de lo que digo. Se sienta.
- Me llamo Paul Paltrow y estoy buscando, bueno, estoy buscando algo que creo que tiene usted.
Arquea los ojos. Sonríe.
- Llevo tiempo buscando lo que Wittgenstein dejó escrito tras su primer tractattus. Tal vez se ría de mí. Pero es muy importante. También para mi padre que en paz descanse.
- ¿Y por qué dice que interesa a más personas que a usted?, me pregunta con total ingenuidad.
- No lo sé.
Se hace un silencio. Mira hacia el suelo. De pronto fijando su mirada en la mía dice:
- Pues yo sí. Tal vez quiera invitarlos a entrar.
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