Seguidores

lunes, agosto 02, 2010

El asunto Wittgenstein V, 6

Entramos en un pequeño restaurante. Bárbara lleva mucho tiempo en silencio y no soy capaz de saber qué le está pasando. Pedimos algo caliente para reanimarnos y nos sentamos junto a una ventana. Algo está pasando. El tejano ha venido a parar aquí. Hasta se atreve a saludarme con un guiño de lo más falso. Ahora reconozco al hombre de color. Estaba con Shephard en París. Y esos dos pobres idiotas borrachines no han parado de mirarnos. Apostaría 1000 libras a que son ingleses. Esos trajes. Esa manera de beber. Estoy a punto de tirar la toalla. Si el párroco de esta desierta ciudad no sabe nada lo dejaré todo, también a Bárbara. Me está matando el saber que no me dice todo lo que piensa. Hace dos días era un hombre que creía estar a punto de resolver el misterio que estigmatizó a mi padre y que poseía lo que más quería como nunca lo había hecho antes. Hoy me siento el más desgraciado del mundo. Lo peor no será que el párroco no sepa nada. Lo peor será que me muestre el cuaderno con notas y banalidades escritas: que el segundo Tractattus no fuera más que una suposición de mi padre y que todos tenían razón al llamarlo loco. Que toda su vida ni su muerte no haya tenido sentido y que tampoco lo tenga ahora la mía. Que todo lo que he visto en Bárbara haya sido una ilusión. Seguramente yo mismo me he figurado toda esta historia para dar sentido a una vida inútil y tediosa. Lo abandoné todo y el vacío que produjo mi huida me obligó a crear algo que diera un sentido a mi vida. Ya está bien. Acabemos con esto cuanto antes.

Paltrow se levanta y paga la cuenta. No se atreve a coger la mano de Bárbara aunque caminan juntos. La comitiva les sigue de cerca pero ya no le importa. Se dirigen hacia la iglesia cuya torre blanca de madera es fácil de distinguir a pesar de la neblina que se extiende por las calles vacías.

La iglesia está abierta. Dentro, al fondo, un crucifijo oscuro que tintinea al calor de algunas velas rojas encendidas. En el primer blanco un hombre con pelo blanco. La sotana casi se confunde con el fondo. Entro. Bárbara me mira con pánico y me dice que no quiere hacerlo. Lo hago solo. Camino hasta llegar a la altura del hombre canoso. No parece haber detectado mi presencia, de rodillas, la cabeza gacha tapándose la cara con las dos manos que me parecen blanquísimas. Carraspeo y sigue sin dar señales de haberse enterado. Por fin gira hacia mí y me mira con cara confiada, como si nos conociéramos de toda la vida.
- Habla usted ingles?, pregunto.
- Todos los daneses sabemos inglés, hasta Hamlet lo dominaba a la perfección, sonríe.
- Mire, en realidad no quisiera molestarle. Vengo de muy lejos y parece que lo que busco ha despertado el interés de otras personas.
Parece un hombre santo. No le asombra nada de lo que digo. Se sienta.
- Me llamo Paul Paltrow y estoy buscando, bueno, estoy buscando algo que creo que tiene usted.
Arquea los ojos. Sonríe.
- Llevo tiempo buscando lo que Wittgenstein dejó escrito tras su primer tractattus. Tal vez se ría de mí. Pero es muy importante. También para mi padre que en paz descanse.
- ¿Y por qué dice que interesa a más personas que a usted?, me pregunta con total ingenuidad.
- No lo sé.
Se hace un silencio. Mira hacia el suelo. De pronto fijando su mirada en la mía dice:
- Pues yo sí. Tal vez quiera invitarlos a entrar.

No hay comentarios: