Seguidores

martes, agosto 10, 2010

Las cartas de Whitman

Si no te lo encontrabas en el supermercado pidiendo unas monedas e incluso tratando de quitarte algo que sobresaliera de la bolsa, lo veías en el bar bebiendo una cerveza fría que pagaba religiosamente. Andy, el dueño del bar, ya se había acostumbrado a él, hasta el punto que llegado el mediodía se podría decir que necesitaba hablar un rato con Beck. Se colocaban en el extremo de la barra y Andy solía escuchar batallas y chismes que Beck se inventaba. Se decía que había sido profesor o catedrático de la Universidad de Oxford, algo relacionado con el derecho y que ocupó un banquillo en la sala de los comunes por el partido laborista. El propio Beck no ponía nada por su parte para que eso se creyera: contaba cómo se tiró un sonoro pedo cuando Tatcher iba a sentarse, o cómo gastaba su sueldo en las tabernas del viejo Londres que no cerraban por la noche. Según decía podía permanecer en estado de embriaguez dos semanas antes de que alguien de su partido le llamara la atención por mear en la moqueta del hall de la sala de sesiones. La verdad es que si estabas de malas era un coñazo escucharle. Pero en ocasiones podías entretenerte atendiendo a una teoría estrafalaria. Por ejemplo, creía que Europa se fue al garete con el suicidio de Hitler y Inglaterra en realidad perdió la guerra contra Estados Unidos. Según él todo se trataba de quién debía pagar a quién lo que se debían los países tras diez años de recesión. Pero lo más divertido era escucharle chismes sobre la vida parlamentaria y sobre los meapilas de la universidad. El primer desfile al que acudió como catedrático mantuvo la compostura -y entonces se ponía erguido con cara de astucia malicia- hasta que el rector inauguró el curso con unas breves palabras. Entonces él -y gesticulaba mientras tanto- encendió un petardo preparado por él mismo, lo encendió bajo la toga y lo lanzó delante del atril provocando humo y revuelo, pero sobre todo, según decía, no tenía otra intención que escrutar la cara que se le pondría al rector después de aquello. Sus años de docencia los ocupaba oportunamente en cepillarse cualquier alumna que mereciera espabilarse un poco. Nadie le denunció porque, tal como afirmaba, las mujeres a las que agasajaba conseguían ver las estrellas y tener el polvo de su vida. Fue el primer profesor de la London School of Economics en no poner calificaciones. Solía tener una charla con los alumnos sobre cricket o sobre marcas de cerveza alemana. Si sabes algo sobre eso te aprobaba religiosamente. Por lo visto sabía unos diez idiomas que hablaba con fluidez, incluyendo el árabe. Yo desde luego le vi un día pedir a una pareja de alemanes que salían de un ultramarinos rojos de vergüenza por lo que Beck les gritaba desde atrás. Manejaba un bastón con un clavo en su extremo con el que cogía cualquier papel que estuviera escrito por la calle. Cualquier cosa valía, una factura, una nota, un envoltorio de carne picada. Entonces no se ponía al lado de Andy. Se sentaba y lo aplanaba con cuidado. Sacaba sus gafas y una pluma Parker, de las que venden por euro y medio. Lo curioso de su pluma era que estaba recortada y que casi siempre traía un color sorpresa: morados, azules mates, negros brillantes, rojos o naranjas. Se abstraía como si nadie más estuviera en el bar. Entonces comenzaba el ritual de escribir sobre lo que había recogido. Al principio todo el mundo tenía curiosidad en saber qué es lo que estaba haciendo el viejo. Pero en poco tiempo perdió interés por lo lento que iba al hacerlo y lo prolongado de la operación. Si le preguntabas sobre lo que hacía te miraba por encima de sus gafas: "muchacho, si no fuera por esto tendría que estar viajando hasta que el corazón me explotase y nada podría calmar mi ira". Y se enfrascaba en su tarea. Todo el mundo sabía que tras dos o tres horas se levantaría, pediría un jack daniels y se acercaría al baño de caballeros. Allí había una doble pared donde antiguamente Andy guardaba las botellas vacías. Ahora era el santuario de los escritos de Beck. Habría por lo menos 20 o 30 carpetones con papapeles semiarrugados, bolsas marrones aplastadas, plásticos o pedazos de cualquier cosa en la que se pudiera escribir. Se sabía que Andy conocía el contenido de todo aquello y nunca le dio importancia. Sólo cuando Beck muriò se movieron aquellos cartapacios. Andy los llevó a una mecanógrafa para que los transcribiera pero la labor fue inútil por la extraña letra de Beck y sus dibujos que cubrían casi todos los escritos. Hoy me ha llamado Andy. Me ha invitado a un desayuno sobreabundante y me ha pedido un favor. Me ha pasado uno de los papelorrios de Beck y he intentado leerlo. Me ha resultado difícil pero he reconocido un patrón claro como escribir Û en vez de ó, o fr en vez de p, y así con unas decenas de letras. En el centro había dibujado un ratón. Beck quería que todo esto siguiera siendo el mobiliario del bar. Pero me temo que es algo más valioso. ¿Te dijo alguna vez de que coño se trataba? - Sí, dijo Andy distraído por el sonido de un camión que pasaba, dijo que todos los días Dios le escribía una carta y a veces conseguía interpretarla. Entonces, sobre ella misma, contestaba.

No hay comentarios: