Feliz es sólo el hombre bien templado, Que del hoy se hace dueño indiscutido, Que al mañana increparle puede osado: «Extrema tu rigor, que hoy he vivido»
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miércoles, agosto 11, 2010
Llegar de madrugada
Tropezó al salir del ascensor. Pero levantó la cabeza y apretó de un manotazo la luz de la escalera. No podía reprimir un signo de victoria. A ver ¿quién es capaz de acetar con el piso de su casa a la primera, salir airoso y hacerlo todo encendiendo la luz externa? ¿A ver quién? Se dijo a sí mismo mirándose en el espejo del ascensor que se cerraba. Se sentía feliz. Pasó un rato apoyado en la pared y encendiendo la luz con la espalda cuando se apagaba. Luego se dejó caer en el suelo. El tiempo no se detenía como si estuviera esperando algo. Parecía que el tiempo le esperaba a él. Y ahora lo hacía andar muy rápido. Tanto que llegó a ver los primeros vestigios de luz que se colaban por el patio. "Ahora quiero que pase lento", se dijo. Y pudo mirar con atención los matices de luz que daba el cristal esmerilado. Por un momento las escaleras que iban oscureciéndose mientras miraba hacia el piso inferior le parecieron un misterio no sólo insoluble sino también inevitable para cualquier hombre. Sonreía como lo había hecho desde niño, sí, recordaba que de niño sonreía así. Y sin mediación su cara era un rictus de seriedad. Como si todo tuviera que ser pensado eternamente y como si fuera imposible sacar conclusiones de nada. Empezaba a hacer calor. Ya no parecía que fuera el dueño del tiempo. Quizá estuviera ahora pasando demasiado rápido. Tal vez, debería empezar a buscar las llaves de casa. No se levantó con prisa. Algo le decía que no andar con cuidado le imbuiría en las preocupaciones a las que estaba sometido habitualmente. Trató de hacer el mínimo ruido con el llavero pero en seguida vio que era inútil. Café recién hecho, un aroma a casa. Por un momento pensó que era más casa suya, aquel espacio de tiempo en el portal o los metro que le pertenecían según decía la escritura. Algo era seguro, algo le impedía tener las dos cosas a la vez. Su mujer, bata blanca, salió de la cocina radiante. Le dio un beso. Se sintió querido. "Cariño, te lo has pasado bien con los amigotes?". Asintió no muy consciente porque algo sorprendente acababa de encenderse en su cabeza. "Este espacio me pertenece. Pero el tiempo que he estado fuera ha sido mío". Dio un beso a su hijo. Se duchó. Fue a hablar con su abogado para otorgar todos sus bienes a su mujer. No era tan poco, el piso, los dos coches, y un montante de 30.000 euros entre acciones y ahorros. Con un trabajillo a media jornada se las arreglaría. Después dijo un adiós como cualquier explicación y comenzó a andar por la carretera nacional. Su mujer le esperaría a comer. Cuando estuviera a unos cien kilómetros le llamaría para que nunca más tuviera que esperarle.
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