La fenomenología del reconocimiento describe, resume, mucho más que nuestra forma de vida, la prescribe. Os la doy en una frase: más que la conciencia, pesa la sustancia, más que la palabra, el silencio, más que el miedo, el tedio. El estilo de vida de un hombre o una mujer del mundo tardo-moderno es, sea lo que sea, aburrida. Pero no penséis se debe a la sobreabundacia. Se debe a un vacío que todavía no sea ha resuelto como vacío, sino como una caja de resonancia cuyo única originalidad es la trasformación aleatoria del entorno. Por eso el ridículo y la vergüenza tienen hoy más vigencia que nunca. Se trata de la cautela mágica a quedar vinculado al orden de los acontecimientos que, en verdad, no es tal orden. Como el polinesio que recorta sus uñas antes de entrar en tratos con un enemigo, así nuestros congéneres visten su agudo sentido del ridículo en un manto de seriedad, en un reproche indeterminado hacia todo lo exterior. El conocimiento interior que aconseja la ética clásica, junto con el Tao, reside en el fondo en el autocontrol: no desees porque se cumple. No es un conocimiento de contenidos sino un ejercicio que quiere superar la tentación del río de las apariencias. Su poder se conjura mediante la dosificación y filtración de un tipo de emociones en contra de otras. Sin esa capacidad el bípedo implume queda a la intemperie de sombras y poderes ocultos. Un hombre completo, una mujer, poseen la magia de estar consigo mismos cuando no están haciendo nada, o aquellos cuya ocupación es un cultivo de sí, estén haciendo lo que estén haciendo. Por eso no todo trabajo es digno: es el trabajador el que lo hace digno.
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